Tonino Benacquista (1961- ): Los mordiscos del alba (Les morsures de l'aube, 1992)
Desde que tengo gatos, ya lo he dicho, encarnan para mí la inocencia. Y tengo un amigo, si cabe el término para alguien que conozco y quiero pero que es aún distante, que con alguna frecuencia despilfarra sus noches entre putas. Tengo otro amigo que hacía lo mismo entre calles sucias, suficiente alcohol para olvidar todo y despertar en potreros. Evocaciones.
María Teresa Gallego Urrutia hace una traducción que debe ser impecable, en españolete que a veces me perdía, pero con el tono vociferante y lánguido de la noche, de esa noche inmensa interrumpida por los días en que marcha alucinado e intenso el relato de un tipo inocente que tiene un amigo y que viven juntos de parasitar trago y comida colándose en fiestas y eventos parisinos, un tipo al que por una lealtad que no bien entiende le tocará hundirse más en la noche, en su rostro sórdido y violento, para seguir un rastro y recuperar a su amigo. Un ritmo desenfrenado, unos personajes precisos a pinceladas feroces, salpicadas de peroratas justas sobre como la vida de día se desperdicia y de noche, aturdidamente, se vive, sobre cómo en últimas, siempre, cualquier vida, intensa, inocente, feliz, cínica o santa es un desperdicio, pero hay vidas que son bengalas y uno de leerlas sonríe, estallan, brillan un instante sin iluminar y con eso basta.
lunes, 31 de diciembre de 2007
miércoles, 19 de septiembre de 2007
Bajo la lluvia, el amor
Naguib Mahfuz (1911-2006): Amor bajo la lluvia (al-Hubb tahl al-matar, 1973)
Una guerra tiene muchos frentes. De esta guerra que relata Mahfuz, todos resultan heridos, culpables e inocentes, porque el sólo hecho de existir condena. La guerra de los soldados en el frente no hace sino matizar la guerra de todos los días, la guerra del dolor, de esa trémula insidia que es el honor, de la mutilación física y moral, de esa condensación absoluta de todo lo anterior que es el amor. A ese amor en la ciudad llega del frente la lluvia, una lluvia que ha recogido la sangre y el sudor y el miedo de los soldados, una lluvia que no basta para lavar las inmundicias inocentes y que con las aguas podridas va a dar a las alcantarillas.
Las historias del libro repiten el tema eterno de la búsqueda angustiosa del amor como redención y dejan el sabor angustioso y triste de su inutilidad. La vida ocurre y ese frágil desorden hormonal cae bajo el peso de nuestra bajeza irredimible. Uno de los personajes se mueve cínico entre tantos horrores: sabe que el amor no es sino una fachada, una sublimación de la condena reproductiva de nuestra especie, y como tal lo acata y a él se entrega con despreocupada lujuria. El amor es otro bien por el que se paga, un objeto de transacciones que este personaje prefiere directas y no exentas de ternura. Pero el cinismo, y menos aún la ternura, tampoco salvan.
Termina el libro y la lluvia no para. Ni el amor. Vivo, apestando a muerte, a locura, a puta y a santa.
Una guerra tiene muchos frentes. De esta guerra que relata Mahfuz, todos resultan heridos, culpables e inocentes, porque el sólo hecho de existir condena. La guerra de los soldados en el frente no hace sino matizar la guerra de todos los días, la guerra del dolor, de esa trémula insidia que es el honor, de la mutilación física y moral, de esa condensación absoluta de todo lo anterior que es el amor. A ese amor en la ciudad llega del frente la lluvia, una lluvia que ha recogido la sangre y el sudor y el miedo de los soldados, una lluvia que no basta para lavar las inmundicias inocentes y que con las aguas podridas va a dar a las alcantarillas.
Las historias del libro repiten el tema eterno de la búsqueda angustiosa del amor como redención y dejan el sabor angustioso y triste de su inutilidad. La vida ocurre y ese frágil desorden hormonal cae bajo el peso de nuestra bajeza irredimible. Uno de los personajes se mueve cínico entre tantos horrores: sabe que el amor no es sino una fachada, una sublimación de la condena reproductiva de nuestra especie, y como tal lo acata y a él se entrega con despreocupada lujuria. El amor es otro bien por el que se paga, un objeto de transacciones que este personaje prefiere directas y no exentas de ternura. Pero el cinismo, y menos aún la ternura, tampoco salvan.
Termina el libro y la lluvia no para. Ni el amor. Vivo, apestando a muerte, a locura, a puta y a santa.
domingo, 3 de junio de 2007
Caída
Acaso este vacío que se cae en mis pulmones.
La sangre que acaricia mi pene.
La mano que busca mi ojo.
Llevo cayendo desde antes del tiempo.
Y el dolor y el tedio y hasta la alegría.
La ternura incluso.
Me hacen olvidar.
Que caigo.
Y quiero reventarme contra un fondo
que quizás no exista.
Y grito.
La sangre que acaricia mi pene.
La mano que busca mi ojo.
Llevo cayendo desde antes del tiempo.
Y el dolor y el tedio y hasta la alegría.
La ternura incluso.
Me hacen olvidar.
Que caigo.
Y quiero reventarme contra un fondo
que quizás no exista.
Y grito.
domingo, 29 de abril de 2007
Y llorar mientras lo beso
Hace frío. No tengo más rabia que la tristeza. Que descender y hundirme en el gris sucio de esta ciudad que me asesina y me abandona. Qué me da la vida empantanada y me la quita. Toso. Suenan las campanas de una iglesia. Algo duele, algo se tuerce, algo muere, algo se enfurece. Basta. Calla, no insistas. La fe no necesita repeticiones. Sólo necesita los pájaros, el miedo, el recuerdo, la culpa. No nos necesita. Un dios cansado nos imagina. Sólo podría creer en un dios al que pudiera besar en la boca. Y llorar mientras lo beso.
viernes, 23 de marzo de 2007
martes, 16 de enero de 2007
Un jardín que no arde en llamas
Andrea Ashworth (1969- ): Once in a house on fire
Es tan unánime el elogio a esta novela autobiográfica que tengo esa incómoda sensación, y presión, de no estar viendo algo evidente, de carecer de la sensibilidad, la cultura o la inteligencia para sentirlo y entenderlo. Y sí, es un relato muy bien construído, impecable, intenso. Ashworth es una cuidadosa artesana de la palabra. De esa misma palabra escrita que le ayudó a sobrevivir, hermosa, su oscura infancia que relata.
¿Y? ¿Entonces? Bueno, el problema está en que a lo largo de ese recorrido el fondo es el mismo: el padrasto abusivo y la madre imbécil que soporta. El ciclo insistente de la ruptura y la reconciliación. Y no pasa nada nuevo, todo se hace predecible aunque algo en uno espere que algo suceda. No tendría que suceder nada en ese orden inalterable de la estupidez humana, de esa aberración hormonal que nos empuja al ese otro que nos pisotea. Pero debería suceder algo en medio de tanta pincelada impecable. Algo no debería salir indemne. Pero sale.
Yo todavía me estremezco cuando recuerdo la experiencia de leer a Faulkner. A Conrad. A Yoshimoto. La experiencia estética de la revelación. Por eso mismo me hastiaba García, el Márquez, por tanta palabra tan bien puesta sin acontecimiento. Sin dolor hermoso, sin lágrimas de felicidad o puteada de dicha. Y, bueno, quizás haya algo analfabeto o insensible que no me dejó leer eso en esa casa en llamas. O quién sabe, va, y sencillamente se trata de algo intermedio entre poder percibir y las predilecciones que nos definen: yo veo un jardín (donde sí, hay pareja repulsiva que se golpea) donde otros ven... ¿qué ven? Y a mí, a mí me gustan los páramos y las selvas... una playa de piedras y cuando baja la marea.
Es tan unánime el elogio a esta novela autobiográfica que tengo esa incómoda sensación, y presión, de no estar viendo algo evidente, de carecer de la sensibilidad, la cultura o la inteligencia para sentirlo y entenderlo. Y sí, es un relato muy bien construído, impecable, intenso. Ashworth es una cuidadosa artesana de la palabra. De esa misma palabra escrita que le ayudó a sobrevivir, hermosa, su oscura infancia que relata.
¿Y? ¿Entonces? Bueno, el problema está en que a lo largo de ese recorrido el fondo es el mismo: el padrasto abusivo y la madre imbécil que soporta. El ciclo insistente de la ruptura y la reconciliación. Y no pasa nada nuevo, todo se hace predecible aunque algo en uno espere que algo suceda. No tendría que suceder nada en ese orden inalterable de la estupidez humana, de esa aberración hormonal que nos empuja al ese otro que nos pisotea. Pero debería suceder algo en medio de tanta pincelada impecable. Algo no debería salir indemne. Pero sale.
Yo todavía me estremezco cuando recuerdo la experiencia de leer a Faulkner. A Conrad. A Yoshimoto. La experiencia estética de la revelación. Por eso mismo me hastiaba García, el Márquez, por tanta palabra tan bien puesta sin acontecimiento. Sin dolor hermoso, sin lágrimas de felicidad o puteada de dicha. Y, bueno, quizás haya algo analfabeto o insensible que no me dejó leer eso en esa casa en llamas. O quién sabe, va, y sencillamente se trata de algo intermedio entre poder percibir y las predilecciones que nos definen: yo veo un jardín (donde sí, hay pareja repulsiva que se golpea) donde otros ven... ¿qué ven? Y a mí, a mí me gustan los páramos y las selvas... una playa de piedras y cuando baja la marea.
miércoles, 13 de diciembre de 2006
"From my rotting body, flowers shall grow and I am in them and that is eternity."
Edvard Munch (1863-1944): Omega gråter (litografía, 1908-9)Tenemos el habito de nombrar los dias. De conmemorar los ciclos que llevan a la misma posicion relativa entre la Tierra y el Sol.
Ayer fue otro ciclo, Edvard Munch, otro ciclo desde que te parieron a un mundo que siempre supiste habitado por "la enfermedad, la locura y la muerte". Viniste al dolor y fue dolor tu mirada al mundo. Y así nos retrataste, con esa mirada, con toda la belleza y la desgracia de nuestra soledad y nuestra angustia. Con toda nuestra sublime podredumbre y fragilidad, ángeles de mierda que conmueven a los dioses.
jueves, 23 de noviembre de 2006
Así
Una urgencia de incinerarse
una llama triste y fría
que lo último que arda
sean las palabras
que comience por mis manos
que se demore en la mirada
que me quede ciego de tristeza
mientras se me calcinan las entrañas
que te llame y no vengas
que no queden cenizas
ni olor
ni memoria
una llama triste y fría
que lo último que arda
sean las palabras
que comience por mis manos
que se demore en la mirada
que me quede ciego de tristeza
mientras se me calcinan las entrañas
que te llame y no vengas
que no queden cenizas
ni olor
ni memoria
martes, 24 de octubre de 2006
Children of Men
Alfonso Cuarón (1961- )
Leí en alguna crítica a esta película que no era ciencia ficción porque se refería al presente. Entonces, ¿por qué la sutileza, por qué no ser explícito? ¿A dónde se quería llegar con todo esto?
Esta película esta repleta de ocasiones para la angustia y el miedo y el valor en sus personajes. Acaso no los perdí, no los supe ver. Acaso las ocasiones las perdió Cuarón. Están allí los ilegales enjaulados, está la miseria y el hambre, está la guerra y la desgracia... pero ningún personaje mira, mucho menos ve. Ahí está toda la estupidez humana que convierte en ícono a un cretino por ser el más joven en una tierra devastada. Pero nadie en ese universo se da cuenta ni de la estupidez ni del horror. Y no sé bien si de este lado de la pantalla alguien vió realmente algo con sustancia, si es que había algo para ver. Acaso no sé saborear estas cosas pretensiosas, plásticas y artificiales.
Lástima el tema central perdido, la infertilidad humana. El tema del niño recién nacido en medio de un mundo que no ve un bebé hace casi 20 años parece sólo un pretexto para la escena en que descienden con él del edificio asediado y su llanto calla las balas, y acompañan su camino los rostros de asombro y las oraciones... y las balas vuelven y estallan. Quizás eso estuvo dentro de lo poco que quiso decir Cuarón. Primero lo primero, primero las guerras, luego los milagros.
Pero, en ese mundo devastado por la estupidez humana, ¿no había nadie que viera como una desgracia a ese nuevo niño en el mundo, en un mundo en que esta especie babeante y criminal sobra, a gritos?
Leí en alguna crítica a esta película que no era ciencia ficción porque se refería al presente. Entonces, ¿por qué la sutileza, por qué no ser explícito? ¿A dónde se quería llegar con todo esto?
Esta película esta repleta de ocasiones para la angustia y el miedo y el valor en sus personajes. Acaso no los perdí, no los supe ver. Acaso las ocasiones las perdió Cuarón. Están allí los ilegales enjaulados, está la miseria y el hambre, está la guerra y la desgracia... pero ningún personaje mira, mucho menos ve. Ahí está toda la estupidez humana que convierte en ícono a un cretino por ser el más joven en una tierra devastada. Pero nadie en ese universo se da cuenta ni de la estupidez ni del horror. Y no sé bien si de este lado de la pantalla alguien vió realmente algo con sustancia, si es que había algo para ver. Acaso no sé saborear estas cosas pretensiosas, plásticas y artificiales.
Lástima el tema central perdido, la infertilidad humana. El tema del niño recién nacido en medio de un mundo que no ve un bebé hace casi 20 años parece sólo un pretexto para la escena en que descienden con él del edificio asediado y su llanto calla las balas, y acompañan su camino los rostros de asombro y las oraciones... y las balas vuelven y estallan. Quizás eso estuvo dentro de lo poco que quiso decir Cuarón. Primero lo primero, primero las guerras, luego los milagros.
Pero, en ese mundo devastado por la estupidez humana, ¿no había nadie que viera como una desgracia a ese nuevo niño en el mundo, en un mundo en que esta especie babeante y criminal sobra, a gritos?
Arena
Ya sus pies desollados no dejan huellas de sangre en la arena del desierto. Ya el cansancio es una cadencia. Ya no tiene memorias de antes de la sed, del dolor. Ya no piensa en la muerte. Ya no recuerda su nombre, ni qué lo llevó a deambular herido y alucinado en el desierto. No quiere descansar, ni postrarse, no quiere un alivio porque sufrir es todo lo que sabe, es su instante.
Y eso, ese estertor, es una risa.
Y eso, ese estertor, es una risa.
viernes, 13 de octubre de 2006
La sombra de tu vacío
Baila el sol
macabro, violento
sobre lo que alguna vez
fue tu sonrisa.
Dame la sombra de tu vacío.
macabro, violento
sobre lo que alguna vez
fue tu sonrisa.
Dame la sombra de tu vacío.
viernes, 22 de septiembre de 2006
Semáforo
Va tarde. Muy tarde. Se retuerce en el asiento del conductor, las manos tensas, esperando la señal para seguir. La luz. Repasa el recorrido que le queda, prepara la excusa. Y entonces siente un último segundo que anticipa la luz amarilla. Siente ese segundo espeso, lento. Se ve desde fuera, desde fuera del auto, desde fuera de los relojes. Se vé viendo el cambio dilatado, denso, de la luz roja a la luz amarilla, y luego la luz amarilla se queda, se detiene, permanece y él la mira y es lo último que ve y que se ve viendo, y cuando por fin estalla el verde todo ocurre muy rápido: los pitos, los gritos, gente que golpea en las ventanillas, en el parabrisas, en la puerta, el cerrajero, la policía, las preguntas, el cuarto. El cuarto donde sigue rígido en la misma postura, dejando de esperar, dejando de viajar en el tiempo. Sonriendo.
lunes, 18 de septiembre de 2006
lunes, 28 de agosto de 2006
sangre turbia y pedazos de piel
quiero morir de lluvia
deshacerme
sangre turbia y pedazos de piel
bajo el agua
y que cada gota duela a gritos
pero callar
deshacerme
sangre turbia y pedazos de piel
bajo el agua
y que cada gota duela a gritos
pero callar
sábado, 22 de julio de 2006
entra
ni la mirada de una puta cansada.
ni temblar de frío.
(tatúame los labios con tu olvido).
ni la lluvia.
ni, uno a uno, todos los gritos.
ni volver a ser niño.
ni matarse.
nada.
: entra.
deja afuera la escarcha y tus pies heridos.
ven.
muérdeme los párpados.
dime que no estoy vivo.
dímelo.
ni temblar de frío.
(tatúame los labios con tu olvido).
ni la lluvia.
ni, uno a uno, todos los gritos.
ni volver a ser niño.
ni matarse.
nada.
: entra.
deja afuera la escarcha y tus pies heridos.
ven.
muérdeme los párpados.
dime que no estoy vivo.
dímelo.
miércoles, 12 de julio de 2006
Of men and words
Simon Winchester (1944- ): The surgeon of Crowthorne (1998)
Ya es raro encontrar devotos de las palabras. Hasta no hace mucho, el fervor por un autor, Borges, Caicedo, me congregaba con otros. Es comprensible ese afecto: como símbolos, las palabras, una a una o en su alquimia impredecible, cifran ese animal complejo, patético y sublime que somos, que imaginamos o soñamos ser.
Este es un libro sobre unos raros devotos, un grupo de personajes que se entregaron a la metódica tarea de recopilar todas las palabras del idioma inglés, ilustrando con citas sus usos y significados. Una historia dentro de la historia del Oxford English Dictionary.
Los personajes son asombrosos y conmovedores. El hombre de provincias, autodidacta que acabaría por ser el editor de la obra, y el aristocrático médico de Yale, a quien quizás enloqueció la guerra, criminal, devorador de libros, esquizofrénico. Es la historia del vínculo entre estos dos hombres, un vínculo profundo y filial y exento, muy británicamente, de sentimentalismo.
Hay una magia en la empresa, en su naturaleza británica, en estos dos de sus personajes particulares, que produce una empatía triste.
Y a mí, ya se sabe, me gusta la tristeza.
Ya es raro encontrar devotos de las palabras. Hasta no hace mucho, el fervor por un autor, Borges, Caicedo, me congregaba con otros. Es comprensible ese afecto: como símbolos, las palabras, una a una o en su alquimia impredecible, cifran ese animal complejo, patético y sublime que somos, que imaginamos o soñamos ser.
Este es un libro sobre unos raros devotos, un grupo de personajes que se entregaron a la metódica tarea de recopilar todas las palabras del idioma inglés, ilustrando con citas sus usos y significados. Una historia dentro de la historia del Oxford English Dictionary.
Los personajes son asombrosos y conmovedores. El hombre de provincias, autodidacta que acabaría por ser el editor de la obra, y el aristocrático médico de Yale, a quien quizás enloqueció la guerra, criminal, devorador de libros, esquizofrénico. Es la historia del vínculo entre estos dos hombres, un vínculo profundo y filial y exento, muy británicamente, de sentimentalismo.
Hay una magia en la empresa, en su naturaleza británica, en estos dos de sus personajes particulares, que produce una empatía triste.
Y a mí, ya se sabe, me gusta la tristeza.
sábado, 10 de junio de 2006
El Reposo del Guerrero
Christiane Rochefort (1917-1998): Le Repos du Guerrier (1958)
Un libro sobre la interminable estupidez humana. Hace años me decía que en el sexo y en la guerra se manifestaba más nítidamente el animal humano. Era un comentario ingenuo y arrogante, pero temo que acertado. Geneviève descubre el sexo con Renaud, a quien accidentalmente ha salvado del suicidio. A ese encuentro fortuito de carnalidades, decide llamarle, por lo inédito, amor. Se obsesiona con el personaje alcohólico, perverso y perdido que la humilla por no ser más que una pequeñoburguesa confundida. Efectivamente, Renaud está más allá de la pueril comprensión de Geneviève, ella simplemente se arrastra ante un farsante que no puede con su propio cinismo. Pero, en medio de esa orgía de excrementos y excreciones que suele ser el llamado amor, Rochefort, más que del descanso de un guerrero mediocre que se retuerce en su malograda existencia, nos habla durante algunas páginas del otro Renaud, un animal ingenuo y vital, feliz: Renaud resuena en Raphaële, una hermana con quien se entrega a la ebriedad de estar vivo sin metafísicas ni dolores. Juegan juntos en el campo durante páginas y días, sin enamorarse, sin trocar los fluídos de sus cuerpos, pero condenados por estar jugando a ser niños. Les llaman adentro, sus respectivas parejas deciden que todo acabe.
En ese otro amor sin babas leí la verdadera tragedia de esta historia. Ese vínculo que ninguno, ni Raphaële ni Renaud, intentan salvar del mundo. Geneviève se preña de Renaud y así obtiene el ser que anhela, un Renaud sobre el cual imponerse definitivamente, al cual redimir de sus pecados y sus obsesiones. Y Renaud marcha a internarse, ha terminado por creer que no es sino el personaje que una vez quiso suicidarse, que no es sino el pretexto para las babas redentoras de Geneviève. Y el libro acaba.
Un libro sobre la interminable estupidez humana. Hace años me decía que en el sexo y en la guerra se manifestaba más nítidamente el animal humano. Era un comentario ingenuo y arrogante, pero temo que acertado. Geneviève descubre el sexo con Renaud, a quien accidentalmente ha salvado del suicidio. A ese encuentro fortuito de carnalidades, decide llamarle, por lo inédito, amor. Se obsesiona con el personaje alcohólico, perverso y perdido que la humilla por no ser más que una pequeñoburguesa confundida. Efectivamente, Renaud está más allá de la pueril comprensión de Geneviève, ella simplemente se arrastra ante un farsante que no puede con su propio cinismo. Pero, en medio de esa orgía de excrementos y excreciones que suele ser el llamado amor, Rochefort, más que del descanso de un guerrero mediocre que se retuerce en su malograda existencia, nos habla durante algunas páginas del otro Renaud, un animal ingenuo y vital, feliz: Renaud resuena en Raphaële, una hermana con quien se entrega a la ebriedad de estar vivo sin metafísicas ni dolores. Juegan juntos en el campo durante páginas y días, sin enamorarse, sin trocar los fluídos de sus cuerpos, pero condenados por estar jugando a ser niños. Les llaman adentro, sus respectivas parejas deciden que todo acabe.
En ese otro amor sin babas leí la verdadera tragedia de esta historia. Ese vínculo que ninguno, ni Raphaële ni Renaud, intentan salvar del mundo. Geneviève se preña de Renaud y así obtiene el ser que anhela, un Renaud sobre el cual imponerse definitivamente, al cual redimir de sus pecados y sus obsesiones. Y Renaud marcha a internarse, ha terminado por creer que no es sino el personaje que una vez quiso suicidarse, que no es sino el pretexto para las babas redentoras de Geneviève. Y el libro acaba.
viernes, 9 de junio de 2006
viaje
(te miro
mientras andas mis playas fértiles de muertos
callo mi designio:
ser lengua muda de tu boca
lengua que no sabe si se ahoga en un mar de mar
o en un mar de sangre)
mientras andas mis playas fértiles de muertos
callo mi designio:
ser lengua muda de tu boca
lengua que no sabe si se ahoga en un mar de mar
o en un mar de sangre)
miércoles, 5 de abril de 2006
cómo nombrarte
cómo nombrarte
cómo elevar al viento la sangre
cómo llenarme de úteros vacíos
y osarios
y carne
cómo sembrarte en mi sombra
cómo huirme
para nombrarte
cómo elevar al viento la sangre
cómo llenarme de úteros vacíos
y osarios
y carne
cómo sembrarte en mi sombra
cómo huirme
para nombrarte
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