François Ozon (1967 - ): Les temps qui reste (2005)
Una película equilibrada, de escasas fórmulas, sincera, sin melodramas, doméstica. El ritmo de la narración permite dejar que las imágenes y la historia tejida sin pretenciones permeen la piel. Me gustó el tono pansexual (estoy estrenando palabra) y la carga suavemente erótica que tiene (o debería tener) toda relación humana y que siento que Ozon plasma en tantos encuentros que narra.
Entre tantas formas de morir me gusta esa, en una justa soledad, a la medida de las propias limitaciones, a la luz y a la sombra del cinismo y su lucidez, bajo la infrenable ternura a la que nos condena la piel, consecuente con las contradicciones que nunca podremos resolver.
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jueves, 10 de abril de 2008
martes, 24 de octubre de 2006
Children of Men
Alfonso Cuarón (1961- )
Leí en alguna crítica a esta película que no era ciencia ficción porque se refería al presente. Entonces, ¿por qué la sutileza, por qué no ser explícito? ¿A dónde se quería llegar con todo esto?
Esta película esta repleta de ocasiones para la angustia y el miedo y el valor en sus personajes. Acaso no los perdí, no los supe ver. Acaso las ocasiones las perdió Cuarón. Están allí los ilegales enjaulados, está la miseria y el hambre, está la guerra y la desgracia... pero ningún personaje mira, mucho menos ve. Ahí está toda la estupidez humana que convierte en ícono a un cretino por ser el más joven en una tierra devastada. Pero nadie en ese universo se da cuenta ni de la estupidez ni del horror. Y no sé bien si de este lado de la pantalla alguien vió realmente algo con sustancia, si es que había algo para ver. Acaso no sé saborear estas cosas pretensiosas, plásticas y artificiales.
Lástima el tema central perdido, la infertilidad humana. El tema del niño recién nacido en medio de un mundo que no ve un bebé hace casi 20 años parece sólo un pretexto para la escena en que descienden con él del edificio asediado y su llanto calla las balas, y acompañan su camino los rostros de asombro y las oraciones... y las balas vuelven y estallan. Quizás eso estuvo dentro de lo poco que quiso decir Cuarón. Primero lo primero, primero las guerras, luego los milagros.
Pero, en ese mundo devastado por la estupidez humana, ¿no había nadie que viera como una desgracia a ese nuevo niño en el mundo, en un mundo en que esta especie babeante y criminal sobra, a gritos?
Leí en alguna crítica a esta película que no era ciencia ficción porque se refería al presente. Entonces, ¿por qué la sutileza, por qué no ser explícito? ¿A dónde se quería llegar con todo esto?
Esta película esta repleta de ocasiones para la angustia y el miedo y el valor en sus personajes. Acaso no los perdí, no los supe ver. Acaso las ocasiones las perdió Cuarón. Están allí los ilegales enjaulados, está la miseria y el hambre, está la guerra y la desgracia... pero ningún personaje mira, mucho menos ve. Ahí está toda la estupidez humana que convierte en ícono a un cretino por ser el más joven en una tierra devastada. Pero nadie en ese universo se da cuenta ni de la estupidez ni del horror. Y no sé bien si de este lado de la pantalla alguien vió realmente algo con sustancia, si es que había algo para ver. Acaso no sé saborear estas cosas pretensiosas, plásticas y artificiales.
Lástima el tema central perdido, la infertilidad humana. El tema del niño recién nacido en medio de un mundo que no ve un bebé hace casi 20 años parece sólo un pretexto para la escena en que descienden con él del edificio asediado y su llanto calla las balas, y acompañan su camino los rostros de asombro y las oraciones... y las balas vuelven y estallan. Quizás eso estuvo dentro de lo poco que quiso decir Cuarón. Primero lo primero, primero las guerras, luego los milagros.
Pero, en ese mundo devastado por la estupidez humana, ¿no había nadie que viera como una desgracia a ese nuevo niño en el mundo, en un mundo en que esta especie babeante y criminal sobra, a gritos?
martes, 31 de enero de 2006
una fábula del encierro
Juan Pablo Rebella & Pablo Stoll: Whisky, 2004
Más que los diálogos y la acción, ocurren más los silencios que nos señalan el óxido de la rutina, de los años que no envejecen, sino que aniquilan. Hay dos prisioneros de sí mismos: Jacobo ya no sabrá ver la luz, Martha se encadilará un poco y bailará sin darse cuenta, y quizás, al final, no regrese a la prisión de los días que se repiten sordos.
Una película que deja cabos sueltos, para que terminemos de construir las situaciones, los personajes, para que habite ese otro tiempo cinematográfico que somos nosotros mismos, donde habitan las películas que valen verse y quererse tanto.
Más que los diálogos y la acción, ocurren más los silencios que nos señalan el óxido de la rutina, de los años que no envejecen, sino que aniquilan. Hay dos prisioneros de sí mismos: Jacobo ya no sabrá ver la luz, Martha se encadilará un poco y bailará sin darse cuenta, y quizás, al final, no regrese a la prisión de los días que se repiten sordos.
Una película que deja cabos sueltos, para que terminemos de construir las situaciones, los personajes, para que habite ese otro tiempo cinematográfico que somos nosotros mismos, donde habitan las películas que valen verse y quererse tanto.
lunes, 7 de noviembre de 2005
otra película budista
quizás esté mal llamarla así, pero así la recibí y quizás, en esa falta de inocencia que ella sí supo tener a mi lado, perdí mucho del relato...
mi forma ortodoxa de entender el budismo quizás no me deja comprender a veces su multiplicidad. ese mismo carácter que le ha permitido abrazarse con las supersticiones y la magia, con tantas otras formas de mirar el mundo. esta película es quizás sobre uno de esos abrazos.
esta película sobre la crueldad y la culpa, y eso que a veces llamamos amor sin serlo, y la lujuria y la ira y el perdón, el más difícil perdón: el perdonarse.
es una película, quizás, sobre la sabiduría.
un relato para recorrerse y recorrer otros mundos que por ser humanos se nos parecen y nos son tanto.
y es, también, para mí, una película sobre la bendición de estar a tu lado.
mi forma ortodoxa de entender el budismo quizás no me deja comprender a veces su multiplicidad. ese mismo carácter que le ha permitido abrazarse con las supersticiones y la magia, con tantas otras formas de mirar el mundo. esta película es quizás sobre uno de esos abrazos.
esta película sobre la crueldad y la culpa, y eso que a veces llamamos amor sin serlo, y la lujuria y la ira y el perdón, el más difícil perdón: el perdonarse.
es una película, quizás, sobre la sabiduría.
un relato para recorrerse y recorrer otros mundos que por ser humanos se nos parecen y nos son tanto.
y es, también, para mí, una película sobre la bendición de estar a tu lado.
miércoles, 5 de octubre de 2005
martes, 7 de junio de 2005
el mar atónito, indiferente...
Bergman (1918- ): Persona (1966)
Nada, aún nuestras historias íntimas más sublimes y desgarradoras, puede prepararnos para esta experiencia cinematográfica categórica. Bergman alcanza simas líricas, realiza una disección tan definitiva y profunda de la naturaleza frágil y compleja del ser humano, que es difícil comparar esta película con ninguna otra. Es imperativo volver a ella, insistir en las revelaciones conscientes o en las que no nos atrevemos a decirnos porque nos aniquilarían, en los animales devastados por la soledad, por el tedio y el cansancio que nos habitan y que la película llama con afectuosa furia. Es necesario volver a la postración agradecida en que quedamos al verla: el cuerpo inclinado sobre un charco de sangre y malas entrañas.
Para querer ser de agua, sal, de piedra.
Nada, aún nuestras historias íntimas más sublimes y desgarradoras, puede prepararnos para esta experiencia cinematográfica categórica. Bergman alcanza simas líricas, realiza una disección tan definitiva y profunda de la naturaleza frágil y compleja del ser humano, que es difícil comparar esta película con ninguna otra. Es imperativo volver a ella, insistir en las revelaciones conscientes o en las que no nos atrevemos a decirnos porque nos aniquilarían, en los animales devastados por la soledad, por el tedio y el cansancio que nos habitan y que la película llama con afectuosa furia. Es necesario volver a la postración agradecida en que quedamos al verla: el cuerpo inclinado sobre un charco de sangre y malas entrañas.
Para querer ser de agua, sal, de piedra.
miércoles, 13 de abril de 2005
Todo
Kurosawa: Ran (1985)
Así como Eurípides, Dreyer y Von Trier se desencuentran en Medea, en esta película absoluta Kurosawa se encuentra con Shakespeare. Todos los personajes adquieren una dimensión total, las imágenes nos construyen el laberinto y no queda más que sumergirnos en una de las experiencias estéticas más sublimes, en la lucidez penetrante de un maestro que nos convierte a su arte.
Esta película fue hecha con una consciencia desmesurada de lo que es la belleza posible en la imagen y la palabra. Y nos cuenta todo: el amor, el perdón, la venganza, la dignidad, la tragedia.
Con gratitud reverencial queda en nuestra memoria más profunda y acaso, y a pesar, como una pieza de Bach, de todo lo demás que somos, mientras dura el arte y su embriaguez somos ese ángel caído y triste dentro de esta carne que se pudre. Así nos revela y así, por ese instante, nos absuelve.
Así como Eurípides, Dreyer y Von Trier se desencuentran en Medea, en esta película absoluta Kurosawa se encuentra con Shakespeare. Todos los personajes adquieren una dimensión total, las imágenes nos construyen el laberinto y no queda más que sumergirnos en una de las experiencias estéticas más sublimes, en la lucidez penetrante de un maestro que nos convierte a su arte.
Esta película fue hecha con una consciencia desmesurada de lo que es la belleza posible en la imagen y la palabra. Y nos cuenta todo: el amor, el perdón, la venganza, la dignidad, la tragedia.
Con gratitud reverencial queda en nuestra memoria más profunda y acaso, y a pesar, como una pieza de Bach, de todo lo demás que somos, mientras dura el arte y su embriaguez somos ese ángel caído y triste dentro de esta carne que se pudre. Así nos revela y así, por ese instante, nos absuelve.
Del deber de estrangular a los hijos
Von Trier: Medea (1988)
Aún quizás Von Trier, a pesar de ser capaz de componer algunas de las más bellas imágenes del cine, no era capaz de componer personajes y de hilarlos para sumergirnos en el maëlstrom de su visión desgarrada del mundo. Medea se fragmenta, los demás son intrascendentes. Excepto los niños en la escena en que los estrangula. Y pensaba en Cioran y en un poema de alguien que ha viajado conmigo: no hay peor crimen, no hay mayor infamia que traer un hijo al mundo.
"Sé lo que vas a hacer", dice el mayor de los niños. Y va por su hermano que se aleja del cadalso.
Luego, calmadamente: "Madre... ayúdame". Y ata la cuerda al árbol y la pasa alrededor de su cuello.
Y descansa.
Aún quizás Von Trier, a pesar de ser capaz de componer algunas de las más bellas imágenes del cine, no era capaz de componer personajes y de hilarlos para sumergirnos en el maëlstrom de su visión desgarrada del mundo. Medea se fragmenta, los demás son intrascendentes. Excepto los niños en la escena en que los estrangula. Y pensaba en Cioran y en un poema de alguien que ha viajado conmigo: no hay peor crimen, no hay mayor infamia que traer un hijo al mundo.
"Sé lo que vas a hacer", dice el mayor de los niños. Y va por su hermano que se aleja del cadalso.
Luego, calmadamente: "Madre... ayúdame". Y ata la cuerda al árbol y la pasa alrededor de su cuello.
Y descansa.
lunes, 14 de marzo de 2005
Un equívoco sobre la belleza
Yimou Zhang: Hero (Ying xiong, 2002)
No escribiría sobre esta película que me pareció casi intrascendente si no fuera para establecer un desacuerdo. Creo que un exceso de personas consideran a ésta una película hermosa o artística. Por supuesto, esto no desdice del arte o la belleza, sino de las personas capaces de sostener una opinión así. No, me corrijo: desdice de una cultura que ha permitido que se crea que la belleza sea estilo y maquillaje y no un acontecimiento profundo, que sea artificio y efectismo y no una ampliación, una violentación, una transfiguración por los sentidos. ¿Qué más barato que llenar la pantalla de paisajes y colores y rostros y lágrimas a tiempo que no añaden nada a una historia sino que al contrario insultan a una inteligencia al menos mediocre? Un obra de arte es capaz de establecer un diálogo donde tanto el autor como el espectador crean. Y si ocurre ese acontecimiento donde la armonía emerge de la justa combinación de las partes en el diálogo, en la construcción de la visión, ocurre la belleza. Pueden ocurrir otras cosas con el arte: la repulsa, el horror, la tristeza, el dolor. Acaso una obra de arte sea más verdadera, más profunda, entre más estados permita. Pero así como la simple armonía, el simple escándalo, el más elemental estremecimiento dice más de nuestra trivial fisiología que de la profundidad de aquello que provoca nuestro predecible desbordamiento de hormonas y neurotransmisores, la obra para ser arte debe ser más que una fugaz provocación de estados fisiológicos. El arte nos revela, nos crea. Nos nace. Nos vive.
No hay nada hermoso en las imágenes ni en la historia de esta película. Acaso los objetos (el agua, el aire, la sangre, el desierto, los ojos de Ziyi Zhang) sean capaces en otros contextos componer imágenes bellas. Acaso con la dignidad, el sacrificio y el amor, se puedan narrar historias hermosas sobre esa época despiadada y violenta. O imágenes o historias crueles, o indiferentes, o laberínticas. Capaces de legarnos una visión del mundo más allá del banal regocijo visual, una visión profunda de nosotros mismos.
No escribiría sobre esta película que me pareció casi intrascendente si no fuera para establecer un desacuerdo. Creo que un exceso de personas consideran a ésta una película hermosa o artística. Por supuesto, esto no desdice del arte o la belleza, sino de las personas capaces de sostener una opinión así. No, me corrijo: desdice de una cultura que ha permitido que se crea que la belleza sea estilo y maquillaje y no un acontecimiento profundo, que sea artificio y efectismo y no una ampliación, una violentación, una transfiguración por los sentidos. ¿Qué más barato que llenar la pantalla de paisajes y colores y rostros y lágrimas a tiempo que no añaden nada a una historia sino que al contrario insultan a una inteligencia al menos mediocre? Un obra de arte es capaz de establecer un diálogo donde tanto el autor como el espectador crean. Y si ocurre ese acontecimiento donde la armonía emerge de la justa combinación de las partes en el diálogo, en la construcción de la visión, ocurre la belleza. Pueden ocurrir otras cosas con el arte: la repulsa, el horror, la tristeza, el dolor. Acaso una obra de arte sea más verdadera, más profunda, entre más estados permita. Pero así como la simple armonía, el simple escándalo, el más elemental estremecimiento dice más de nuestra trivial fisiología que de la profundidad de aquello que provoca nuestro predecible desbordamiento de hormonas y neurotransmisores, la obra para ser arte debe ser más que una fugaz provocación de estados fisiológicos. El arte nos revela, nos crea. Nos nace. Nos vive.
No hay nada hermoso en las imágenes ni en la historia de esta película. Acaso los objetos (el agua, el aire, la sangre, el desierto, los ojos de Ziyi Zhang) sean capaces en otros contextos componer imágenes bellas. Acaso con la dignidad, el sacrificio y el amor, se puedan narrar historias hermosas sobre esa época despiadada y violenta. O imágenes o historias crueles, o indiferentes, o laberínticas. Capaces de legarnos una visión del mundo más allá del banal regocijo visual, una visión profunda de nosotros mismos.
domingo, 27 de febrero de 2005
de los reales posibles
Tony Bui: Three Seasons (1999)
Cuatro historias entretejen distintos matices de lo posible y nos llevan por el mundo regular de las ambiciones cotidianas. Es un relato, por lo mismo, de la fragilidad: somos frágiles porque nos aferramos a nuestros sueños y al ámbito de lo que poseemos. Pero ninguna de las cuatro historias repite fielmente ninguna variación de este tema.
¿Qué ser más transparente y carente de ambiciones que la cultivadora de lotos? Ella carece de fragilidades porque no se aferra a nada, es inequívoco instrumento de la belleza que toma sus dedos, que toma su voz y se despliega. Ella se vuelve pretexto para el reencuentro consigo mismo del leproso, un sí mismo encubierto por las llagas, el remoridimiento y la mutilación... todas criaturas del tiempo. A través de la voz y las manos de la niña vuelve el leproso a su pureza, a la comunión con su más íntimo recogimiento (aquel que se extiende sobre el mundo) y las palabras que testimonian los recorridos de su dolor.
La escena de los lotos del leproso que regresan a las voces y las aguas de su infancia conmueve e ilumina: qué vehículo más transparente elige el tiempo en la niña para cifrar la inmutable belleza de un canto y unas aguas, de una infancia sepultada bajo lepra.
Las demás historias reconcilian nuestra cotidianidad con las posibilidades de nuestras pertenencias y nuestras ambiciones. La caja impuesta puede ser un pretexto para todas las cajas que cargamos. Pero el niño es niño sin la caja. Se entrega a sus charcos y al juego, a las delicadas ternezas de una amiga sombra. Pero nosotros, qué seríamos sin nuestras cajas?
El gringo es un caso patético de una pretendida sublimación que refleja todo el ego que trata de remediarse a sí mismo a través de los otros. Centrado en sí mismo, solo mira las calles, ajeno a la realidad que demanda su tal altruísmo, embriagando al niño y sintiéndose ajeno a la angustia de éste.
La historia del hombre del cyclo es una aventura que rompe las armaduras en pos del amor puro. Ése que habita bajo la piel de una puta, belleza y amor que ella no quiere ver y que él le descubre, en una inocencia irreal, absurda, de la que todos nos hacemos cómplices para creerla, para pretender que es posible... Es la más absurda de las historias, porque en ella nos descubrimos. Y por eso la aceptamos. Y recibimos las flores que caen.
[escrito en Brighton, 2000 o 2001]
Cuatro historias entretejen distintos matices de lo posible y nos llevan por el mundo regular de las ambiciones cotidianas. Es un relato, por lo mismo, de la fragilidad: somos frágiles porque nos aferramos a nuestros sueños y al ámbito de lo que poseemos. Pero ninguna de las cuatro historias repite fielmente ninguna variación de este tema.
¿Qué ser más transparente y carente de ambiciones que la cultivadora de lotos? Ella carece de fragilidades porque no se aferra a nada, es inequívoco instrumento de la belleza que toma sus dedos, que toma su voz y se despliega. Ella se vuelve pretexto para el reencuentro consigo mismo del leproso, un sí mismo encubierto por las llagas, el remoridimiento y la mutilación... todas criaturas del tiempo. A través de la voz y las manos de la niña vuelve el leproso a su pureza, a la comunión con su más íntimo recogimiento (aquel que se extiende sobre el mundo) y las palabras que testimonian los recorridos de su dolor.
La escena de los lotos del leproso que regresan a las voces y las aguas de su infancia conmueve e ilumina: qué vehículo más transparente elige el tiempo en la niña para cifrar la inmutable belleza de un canto y unas aguas, de una infancia sepultada bajo lepra.
Las demás historias reconcilian nuestra cotidianidad con las posibilidades de nuestras pertenencias y nuestras ambiciones. La caja impuesta puede ser un pretexto para todas las cajas que cargamos. Pero el niño es niño sin la caja. Se entrega a sus charcos y al juego, a las delicadas ternezas de una amiga sombra. Pero nosotros, qué seríamos sin nuestras cajas?
El gringo es un caso patético de una pretendida sublimación que refleja todo el ego que trata de remediarse a sí mismo a través de los otros. Centrado en sí mismo, solo mira las calles, ajeno a la realidad que demanda su tal altruísmo, embriagando al niño y sintiéndose ajeno a la angustia de éste.
La historia del hombre del cyclo es una aventura que rompe las armaduras en pos del amor puro. Ése que habita bajo la piel de una puta, belleza y amor que ella no quiere ver y que él le descubre, en una inocencia irreal, absurda, de la que todos nos hacemos cómplices para creerla, para pretender que es posible... Es la más absurda de las historias, porque en ella nos descubrimos. Y por eso la aceptamos. Y recibimos las flores que caen.
[escrito en Brighton, 2000 o 2001]
domingo, 20 de febrero de 2005
"... y luego la hora de después y la siguiente."
Michael Cunningham: Las Horas (The Hours, 1998; Premios Pulitzer y PEN/Faulkner 1999)
Leí temiendo las lágrimas. Las que me congestionaron viendo la sobria y sensible adaptación de Stephen Daldry en cine. Pero no llegaron. Pero la felicidad, la plenitud de sentir una obra de arte viva en los sentidos, llegó. Aún me sorprende cómo con los mismos personajes y circunstancias pudieron construirse dos historias apenas leve, pero suficientemente distintas. Allí donde acaricia el libro de Cunningham la película de Daldry desgarra. Creo que la base esencial de las diferencias se haya en la presencia de la muerte, que en el libro llega a la señora Brown como una revelación liberadora, y en la película se impone como una angustia. El principal logro de Cunningham está en el recorrido por un universo de suave exuberancia femenina en su plenitud física y emocional, en su sexualidad sutil y profunda, en donde la presencia inmanente de la muerte es femenina así su víctima sea un hombre, por la forma en que la muerte parte del principio femenino del parir, del vínculo, de la trascendencia profunda de la cotidianidad que congrega y da continuidad feroz y despidada, y compasiva, al mundo. Esas cosas que solo la fuerza de una mujer puede invocar, con su lubricidad maternal y animal. Esas cosas que sólo la ausencia de una mujer puede quitar. Qué es una mujer sin ese mundo impuesto de madre y consorte? Sin que ella medie entre los objetos y la necesidad, sin que ella dé orden al mundo? Qué fue de Laura Brown cuando rompió con el mundo? Un abismo, acaso como ese mar que fue Virginia Woolf, que quiso entender sus costas, sus acantilados, su profundidad, sus criaturas. Ese mar que un día se puede dejar de ser, se toma una piedra, se pone en el abrigo y el mar se deshace en la oscuridad. La plenitud se congrega a sí misma. Un hombre, como Richard, no tiene ese principio vital, sólo su ausencia, y la muerte no es sino acallar ese vacío, esa plenitud que jamás se pudo abarcar. Y ambas, plenitud o ausencia inabarcables, dejan escuchar las horas de la fe de la desesperanza, las horas que prolongan la agonía del primer instante en que se supo ver y entender... las horas, las horas, las horas.
Leí temiendo las lágrimas. Las que me congestionaron viendo la sobria y sensible adaptación de Stephen Daldry en cine. Pero no llegaron. Pero la felicidad, la plenitud de sentir una obra de arte viva en los sentidos, llegó. Aún me sorprende cómo con los mismos personajes y circunstancias pudieron construirse dos historias apenas leve, pero suficientemente distintas. Allí donde acaricia el libro de Cunningham la película de Daldry desgarra. Creo que la base esencial de las diferencias se haya en la presencia de la muerte, que en el libro llega a la señora Brown como una revelación liberadora, y en la película se impone como una angustia. El principal logro de Cunningham está en el recorrido por un universo de suave exuberancia femenina en su plenitud física y emocional, en su sexualidad sutil y profunda, en donde la presencia inmanente de la muerte es femenina así su víctima sea un hombre, por la forma en que la muerte parte del principio femenino del parir, del vínculo, de la trascendencia profunda de la cotidianidad que congrega y da continuidad feroz y despidada, y compasiva, al mundo. Esas cosas que solo la fuerza de una mujer puede invocar, con su lubricidad maternal y animal. Esas cosas que sólo la ausencia de una mujer puede quitar. Qué es una mujer sin ese mundo impuesto de madre y consorte? Sin que ella medie entre los objetos y la necesidad, sin que ella dé orden al mundo? Qué fue de Laura Brown cuando rompió con el mundo? Un abismo, acaso como ese mar que fue Virginia Woolf, que quiso entender sus costas, sus acantilados, su profundidad, sus criaturas. Ese mar que un día se puede dejar de ser, se toma una piedra, se pone en el abrigo y el mar se deshace en la oscuridad. La plenitud se congrega a sí misma. Un hombre, como Richard, no tiene ese principio vital, sólo su ausencia, y la muerte no es sino acallar ese vacío, esa plenitud que jamás se pudo abarcar. Y ambas, plenitud o ausencia inabarcables, dejan escuchar las horas de la fe de la desesperanza, las horas que prolongan la agonía del primer instante en que se supo ver y entender... las horas, las horas, las horas.
domingo, 6 de febrero de 2005
Un western de samurais
Kurosawa: Yojimbo (1961)
Es elemental el encanto de un western: el amor, el bien, el mal, el bien dueño de sí mismo, de su vocación, de su terquedad, el mal víctima de su oscuridad, de su caída, de su codicia. En la película de Kurosawa un ronin entra el simple laberinto de dos facciones de bandidos que salpican de imbecilidad y muerte un pequeño pueblo. El héroe juega con la estupidez y la codicia primitiva de los malos, cae víctima apaleada de su conmiseración por el mejor representante del patetismo en la película pero regresa para el recordarnos el valor depreciado y enorme de su dignidad. No habría héroes en las películas si los villanos dejaran de titubear cuando tienen la oportunidad de deshacerse de aquellos. Así, los héroes, siguen siendo posibles y también nuestra breve ilusión cinematográfica de que esa justicia es posible.
Kurosawa y Mifune hacen posible y tangible la belleza. Y la ilusión. Y la dramática y alegre felicidad de una película sobre un hombre sin nombre que algunos quisiéramos ser.
Es elemental el encanto de un western: el amor, el bien, el mal, el bien dueño de sí mismo, de su vocación, de su terquedad, el mal víctima de su oscuridad, de su caída, de su codicia. En la película de Kurosawa un ronin entra el simple laberinto de dos facciones de bandidos que salpican de imbecilidad y muerte un pequeño pueblo. El héroe juega con la estupidez y la codicia primitiva de los malos, cae víctima apaleada de su conmiseración por el mejor representante del patetismo en la película pero regresa para el recordarnos el valor depreciado y enorme de su dignidad. No habría héroes en las películas si los villanos dejaran de titubear cuando tienen la oportunidad de deshacerse de aquellos. Así, los héroes, siguen siendo posibles y también nuestra breve ilusión cinematográfica de que esa justicia es posible.
Kurosawa y Mifune hacen posible y tangible la belleza. Y la ilusión. Y la dramática y alegre felicidad de una película sobre un hombre sin nombre que algunos quisiéramos ser.
lunes, 13 de diciembre de 2004
"then you're leaving me... alone... in a room... with an elephant"
Gus Van Sant: Elephant (2003)
Lejos del cine fácil de tours con todo incluido, Van Sant nos ofrece ese espejo, esa ventana, ese pozo, que tantas veces el cine puede ser cuando en lugar de entretenimiento es arte. Elephant acompaña el transcurrir de las últimas horas (y de pasados recientes) de distintos adolescentes que serán asesinados o asesinarán en una historia basada en la masacre de la escuela secundaria de Columbine, en 1999. La cámara se toma el tiempo para seguir en grupos o solos a los jóvenes, que habitan el tedio, la soledad, la trivialidad, la angustia, sin ir a ninguna parte. Y luego sucede la muerte. La historia se fragmenta entre los distintos personajes con la calma propia de esas historias sin rumbo, abandona a uno de los personajes para tomar a otro y llevarnos nuevamente a los mismos lugares, a lugares donde convergen recorridos, en un manejo adecuado del tiempo para una presentación de momentos que, de no ser por la matanza, no serían una historia.
Hay acaso dos deslices que traicionan ese deambular sin sentido que retrata la película: Alex, uno de los asesinos, nos es mostrado recibiendo el escarnio de la agresión soterrada de un par de sus compañeros durante una clase; Eric, el otro asesino, recrimina a uno de los directivos, a sus pies, por no haber hecho nada a favor de quienes son humillados por sus compañeros. Van Sant pudo, sin estos momentos, haber logrado dejarnos sentir que genuinamente nada en la matanza (ni en la adolescencia) es fácilmente explicable, pudo habernos dejado una de esas experiencias que sacamos a diario de las calles o de los medios, donde contemplamos las tragedias o las rutinas sin entender, y casi siempre sin tratar de entender, las causas.
En el resto de la película todo simplemente ocurre. A veces como en un sueño, como cuando la cámara se hace lenta, en la inexpresividad de quienes huyen de la matanza, en el lento, inexplicable camino de Benny hacia de donde todos huyen. Ese ambiente onírico, absurdo, elemental, monocromático, es un logro realista en un director que ha demostrado que bien puede hacer películas bajo los cánones más efectistas y artificiales de la industria.
Otro logro es una mirada que en momentos es justa con la naturaleza adolescente. Elías tomando fotos, revelándolas, John llorando, la compañera que se acerca y lo besa en la mejilla. Esos momentos cálidos que me recordaron que los adolescentes, como con quienes comparto 40 semanas al año, además de fornicar, beber y drogarse, admiran la belleza, sufren la soledad de un mundo sin afectos ni guianza de los adultos, y pueden ser compasivos. Pero nuestra indiferencia "les ha dejado solos, en una habitación, con el elefante..." El elefante que la cámara dibuja, el elefante que aparece dibujado, entre las cosas diarias y dispares de una habitación, mientras Alex mientras toca Para Elisa...
Van Sant puede no haber logrado una memorable obra de arte, pero ha dado unos pasos dentro del bosque. Y mientas anda mira. Y nos da ojos. Y nosotros miramos y vemos ese pedazo del mundo, del tiempo, como es pedazo incomprensible del universo este banal planeta donde, infinitesimales y breves, vivimos.
Lejos del cine fácil de tours con todo incluido, Van Sant nos ofrece ese espejo, esa ventana, ese pozo, que tantas veces el cine puede ser cuando en lugar de entretenimiento es arte. Elephant acompaña el transcurrir de las últimas horas (y de pasados recientes) de distintos adolescentes que serán asesinados o asesinarán en una historia basada en la masacre de la escuela secundaria de Columbine, en 1999. La cámara se toma el tiempo para seguir en grupos o solos a los jóvenes, que habitan el tedio, la soledad, la trivialidad, la angustia, sin ir a ninguna parte. Y luego sucede la muerte. La historia se fragmenta entre los distintos personajes con la calma propia de esas historias sin rumbo, abandona a uno de los personajes para tomar a otro y llevarnos nuevamente a los mismos lugares, a lugares donde convergen recorridos, en un manejo adecuado del tiempo para una presentación de momentos que, de no ser por la matanza, no serían una historia.
Hay acaso dos deslices que traicionan ese deambular sin sentido que retrata la película: Alex, uno de los asesinos, nos es mostrado recibiendo el escarnio de la agresión soterrada de un par de sus compañeros durante una clase; Eric, el otro asesino, recrimina a uno de los directivos, a sus pies, por no haber hecho nada a favor de quienes son humillados por sus compañeros. Van Sant pudo, sin estos momentos, haber logrado dejarnos sentir que genuinamente nada en la matanza (ni en la adolescencia) es fácilmente explicable, pudo habernos dejado una de esas experiencias que sacamos a diario de las calles o de los medios, donde contemplamos las tragedias o las rutinas sin entender, y casi siempre sin tratar de entender, las causas.
En el resto de la película todo simplemente ocurre. A veces como en un sueño, como cuando la cámara se hace lenta, en la inexpresividad de quienes huyen de la matanza, en el lento, inexplicable camino de Benny hacia de donde todos huyen. Ese ambiente onírico, absurdo, elemental, monocromático, es un logro realista en un director que ha demostrado que bien puede hacer películas bajo los cánones más efectistas y artificiales de la industria.
Otro logro es una mirada que en momentos es justa con la naturaleza adolescente. Elías tomando fotos, revelándolas, John llorando, la compañera que se acerca y lo besa en la mejilla. Esos momentos cálidos que me recordaron que los adolescentes, como con quienes comparto 40 semanas al año, además de fornicar, beber y drogarse, admiran la belleza, sufren la soledad de un mundo sin afectos ni guianza de los adultos, y pueden ser compasivos. Pero nuestra indiferencia "les ha dejado solos, en una habitación, con el elefante..." El elefante que la cámara dibuja, el elefante que aparece dibujado, entre las cosas diarias y dispares de una habitación, mientras Alex mientras toca Para Elisa...
Van Sant puede no haber logrado una memorable obra de arte, pero ha dado unos pasos dentro del bosque. Y mientas anda mira. Y nos da ojos. Y nosotros miramos y vemos ese pedazo del mundo, del tiempo, como es pedazo incomprensible del universo este banal planeta donde, infinitesimales y breves, vivimos.
miércoles, 10 de noviembre de 2004
Una lección de disección
Otto Preminger: Anatomy of a Murder (1959)
Una trama que pudo haber sido apta para moralejas: Un teniente del ejército es acusado por el asesinato del hombre que violó a su esposa. Ésta, una mujer coqueta y sensual, contrata a un abogado brillante y sin ambiciones para que asuma la defensa. Las personalidades del oficial y de su mujer dejan dudas sobre la naturaleza del crimen. La película deja entrever que quizás fue el oficial quien golpeó a su mujer esa noche al regresar ella a casa, no por primera vez, con un hombre después de haber bebido en el bar local, y luego de golpearla, (y obviamente aquí acaban las especulaciones) haber ido a buscar al tipo, el dueño del bar, para asesinarlo de forma premeditada y fría frente a sus clientes. Pero también hay sospechas fundadas de una presunta violencia sexual contra la mujer y de que el agresor trató de ocultar evidencia (unas enormes bragas que hacen presencia histórica en la pantalla), aunque nunca la violación resulta demostrada. En cualquier caso, la película deja sin resolver la verdad sobre la historia, y no sabremos jamás si hubo algún tipo de justicia en el desenlace. Preminger evade brillantemente la posibilidad de adoctrinar babosamente y de ofrecer fáciles modelos para identificarse. Una película anti-Hollywood.
Con planos largos planos de actuaciones sobresalientes de tanto los actores principales como los secundarios, esta película es una narración sincera acerca de lo inasequible que es la verdad, de los ámbitos modestos en que se mueve la honestidad. La película nos ofrece unos abogados si bien no honestos sí transparentes en su oficio irrelevante y trascendente a la vez, pues siempre los equívocos resuelven, en lugar de la verdad, los destinos. Raro, sí: esta vez los abogados resultan ingenuos a pesar de sus argumentos brillantes, sobrepasados por la natural complejidad de la espontánea y acomodaticia inmoralidad humana. Una película sencilla que respeta la inteligencia del espectador y la entretiene, más allá del bien y del mal y de sus fáciles sucedáneos de la industria fílmica.
Una trama que pudo haber sido apta para moralejas: Un teniente del ejército es acusado por el asesinato del hombre que violó a su esposa. Ésta, una mujer coqueta y sensual, contrata a un abogado brillante y sin ambiciones para que asuma la defensa. Las personalidades del oficial y de su mujer dejan dudas sobre la naturaleza del crimen. La película deja entrever que quizás fue el oficial quien golpeó a su mujer esa noche al regresar ella a casa, no por primera vez, con un hombre después de haber bebido en el bar local, y luego de golpearla, (y obviamente aquí acaban las especulaciones) haber ido a buscar al tipo, el dueño del bar, para asesinarlo de forma premeditada y fría frente a sus clientes. Pero también hay sospechas fundadas de una presunta violencia sexual contra la mujer y de que el agresor trató de ocultar evidencia (unas enormes bragas que hacen presencia histórica en la pantalla), aunque nunca la violación resulta demostrada. En cualquier caso, la película deja sin resolver la verdad sobre la historia, y no sabremos jamás si hubo algún tipo de justicia en el desenlace. Preminger evade brillantemente la posibilidad de adoctrinar babosamente y de ofrecer fáciles modelos para identificarse. Una película anti-Hollywood.
Con planos largos planos de actuaciones sobresalientes de tanto los actores principales como los secundarios, esta película es una narración sincera acerca de lo inasequible que es la verdad, de los ámbitos modestos en que se mueve la honestidad. La película nos ofrece unos abogados si bien no honestos sí transparentes en su oficio irrelevante y trascendente a la vez, pues siempre los equívocos resuelven, en lugar de la verdad, los destinos. Raro, sí: esta vez los abogados resultan ingenuos a pesar de sus argumentos brillantes, sobrepasados por la natural complejidad de la espontánea y acomodaticia inmoralidad humana. Una película sencilla que respeta la inteligencia del espectador y la entretiene, más allá del bien y del mal y de sus fáciles sucedáneos de la industria fílmica.
lunes, 11 de octubre de 2004
"Each wish resign'd"
M. Gondry: Eternal Sunshine of the Spotless Mind (2004)
La mezcla de ciencia ficción y comedia romántica vale bien para tarde de domingo. La trama nos revela incansable esos personajes triviales que todos somos por ratos y construye un romance tonto con un guión inevitable (el deslumbramiento, la ternura, el tedio, la ira) pero con un recurso inédito: la posibilidad de borrar todo recuerdo del otro. No hay mucho que decir de esta película agradablemente manipuladora (aquí suspirás, acá lagrimeás, allí te reís) y de buena pero simplona factura narrativa (a pesar de las bonitas escenas surrealistas de Clem y Joel que entre otras memorias huyen de la ablación de su amor), excepto por el final: cuando Clem y Joel afrontan la posibilidad de continuar ese romance, el cual acaban de descubrir es reensamblado, cuando saben que se hastiarán y se dolerán, Joel se encoge de hombros y decide que así sea, amén. No podemos evitarlo, el amor es un complot fisiológico, evolutivo, al que queremos achacarle cosas que no le corresponden: la comprensión, la tolerancia, la felicidad. Se engulle, bajo un hechizo que luego se revelará mordaz, así como se bebe a pesar de las resacas. Somos mamíferos que, como todos los demás de pelos y leches maternas, nacemos para la dependencia afectiva. Amén, Kauffman, amén.
La mezcla de ciencia ficción y comedia romántica vale bien para tarde de domingo. La trama nos revela incansable esos personajes triviales que todos somos por ratos y construye un romance tonto con un guión inevitable (el deslumbramiento, la ternura, el tedio, la ira) pero con un recurso inédito: la posibilidad de borrar todo recuerdo del otro. No hay mucho que decir de esta película agradablemente manipuladora (aquí suspirás, acá lagrimeás, allí te reís) y de buena pero simplona factura narrativa (a pesar de las bonitas escenas surrealistas de Clem y Joel que entre otras memorias huyen de la ablación de su amor), excepto por el final: cuando Clem y Joel afrontan la posibilidad de continuar ese romance, el cual acaban de descubrir es reensamblado, cuando saben que se hastiarán y se dolerán, Joel se encoge de hombros y decide que así sea, amén. No podemos evitarlo, el amor es un complot fisiológico, evolutivo, al que queremos achacarle cosas que no le corresponden: la comprensión, la tolerancia, la felicidad. Se engulle, bajo un hechizo que luego se revelará mordaz, así como se bebe a pesar de las resacas. Somos mamíferos que, como todos los demás de pelos y leches maternas, nacemos para la dependencia afectiva. Amén, Kauffman, amén.
sábado, 21 de agosto de 2004
De no tocarte, de no mirarte
Kitano Takeshi: Dolls (2002)
Me sobrecogí cuando ella lleva su mano a la cabeza de él, que sentado duerme a su lado. Esperaba con un estremecimiento la caricia, pero ella solo tomó de entre el cabello de él una hoja de arce. Cuando yo tenía quince o catorce, quería que el amor fuera ese: la contemplación, la presencia absoluta sin que la piel se tocara. Acá sólo la desesperación lleva al abrazo, sólo al correr hacia la muerte se toman las manos.
No es deseo el amor. Es veneración, compasión, devoción. (Como dice Takeshi, algo demasiado puro para lo que casi todos somos). Apenas ha empezado la película, ésta se aleja casi con desprecio de la peor forma, y la más cotidiana, de simulacro de vínculo: el capricho, la imposición, la ambición, la conveniencia. Perdido el amor se pierde la razón (el por qué, el sentido), y Sawako abre la puerta de la muerte y sale de ese que ya no es el mundo. Tarde, Matsumoto vuelve con ella, y con lo que de ella queda abandona ese vestigio que son los otros, se ata a ella y atados ya no son sino que andan, recorren mudos y deslumbrantes de belleza trágica la primavera, el otoño, el invierno, las montañas, la orilla del mar y los ríos, que acaso para ellos no sean sino un rumor gris de lo que fue estar, juntos, vivos.
Amar es un campo de flores ciego junto a vos, amor es que me llevés ciego de tu mano. Nukui se enamora, como tantos, de esa Haruna que a pesar de ser ícono no llega ser vana. Luego de que la desgracia separa a Haruna de su condición de imagen pública, Nukui después de fijar la imagen de Haruna para siempre en su memoria, arranca sus ojos para poder acudir a ella sin herirla con la mirada. Nukui se va y muere. A Haruna le queda la bendición de esa ceguera que la amaba.
Amar es cocinar para vos, amar es comer juntos. Un día te vas. Qué me dejás: la espera que el tiempo desprecia. Hiro, donde sólo va a constatar el espacio del recuerdo, la encuentra, repitiendo en el mismo parque el ritual de la espera. Llega como otro, cansado de vida el cuerpo y estancada la sangre, y ella lo acoge como otro, en lugar de ese que nunca vino. Y como aquél lo hacía, almuerza con ella la comida de sus manos. Y, otra vez, llega la muerte y dice basta.
Y nosotros? Allí estábamos, sentados, en el fondo, la utilería, el escenario, esas cosas vacías que somos la parte trivial del mundo, mientras ellos, desprovistos de racionalidad y de lógica, sólo aman, vivos como el cielo, vivos como el agua.
Me sobrecogí cuando ella lleva su mano a la cabeza de él, que sentado duerme a su lado. Esperaba con un estremecimiento la caricia, pero ella solo tomó de entre el cabello de él una hoja de arce. Cuando yo tenía quince o catorce, quería que el amor fuera ese: la contemplación, la presencia absoluta sin que la piel se tocara. Acá sólo la desesperación lleva al abrazo, sólo al correr hacia la muerte se toman las manos.
No es deseo el amor. Es veneración, compasión, devoción. (Como dice Takeshi, algo demasiado puro para lo que casi todos somos). Apenas ha empezado la película, ésta se aleja casi con desprecio de la peor forma, y la más cotidiana, de simulacro de vínculo: el capricho, la imposición, la ambición, la conveniencia. Perdido el amor se pierde la razón (el por qué, el sentido), y Sawako abre la puerta de la muerte y sale de ese que ya no es el mundo. Tarde, Matsumoto vuelve con ella, y con lo que de ella queda abandona ese vestigio que son los otros, se ata a ella y atados ya no son sino que andan, recorren mudos y deslumbrantes de belleza trágica la primavera, el otoño, el invierno, las montañas, la orilla del mar y los ríos, que acaso para ellos no sean sino un rumor gris de lo que fue estar, juntos, vivos.
Amar es un campo de flores ciego junto a vos, amor es que me llevés ciego de tu mano. Nukui se enamora, como tantos, de esa Haruna que a pesar de ser ícono no llega ser vana. Luego de que la desgracia separa a Haruna de su condición de imagen pública, Nukui después de fijar la imagen de Haruna para siempre en su memoria, arranca sus ojos para poder acudir a ella sin herirla con la mirada. Nukui se va y muere. A Haruna le queda la bendición de esa ceguera que la amaba.
Amar es cocinar para vos, amar es comer juntos. Un día te vas. Qué me dejás: la espera que el tiempo desprecia. Hiro, donde sólo va a constatar el espacio del recuerdo, la encuentra, repitiendo en el mismo parque el ritual de la espera. Llega como otro, cansado de vida el cuerpo y estancada la sangre, y ella lo acoge como otro, en lugar de ese que nunca vino. Y como aquél lo hacía, almuerza con ella la comida de sus manos. Y, otra vez, llega la muerte y dice basta.
Y nosotros? Allí estábamos, sentados, en el fondo, la utilería, el escenario, esas cosas vacías que somos la parte trivial del mundo, mientras ellos, desprovistos de racionalidad y de lógica, sólo aman, vivos como el cielo, vivos como el agua.
domingo, 25 de julio de 2004
11 directores, 11 países, 11 visiones
11'09''01 (2002)
Hasta leer un review (el de Zen Bones en imdb.com) no acabé de realmente ver la película. Es bueno tener más ojos y más piel que éstos, más manos, más aliento. Sólo voy agregar a tan hermoso review que en estas visiones de nuevo nos recordamos que somos dos: ellos y nosotros, nosotros y ellos, víctimas y victimarios, y nos permutamos, nos transformamos en el espacio de horas o días o años en uno u otro. Inflingiendo el dolor, sufriéndolo. En todas las formas posibles recorremos el horror de ser humanos, de ser colectivos, colectivos el odio, el miedo, el amor, el desprecio, el olvido, la memoria, la esperanza, ser o haber sido niños. Vos mirás la película y sos todos o podés serlos.
Cuánta falta nos hacen las películas que narren lo humano, sin maquillajes. No lo que deberíamos ser, sino lo que somos, receptáculos de secreciones y líquidos (sangre, semen, babas, lágrimas). Pero el cine, que tanto espejo debería ser, es casi todo una farsa sobre un animal ficticio. No queremos mirarnos, ni mirar a los otros. Durante los once minutos, once segundos, una imagen, insistidos once veces, nos vemos. Hay para todos. Para mí la historia del hombre que sobrevive a la muerte y malvive la ausencia bajo una sombra... luego bendice, lentamente, el sol el encierro... la luz, la luz... la luz duele.
Pero es cierto, Huesos: ese sólo corto no habría bastado. Desiguales en técnica y argumento, juntos son el espejo.
Hasta leer un review (el de Zen Bones en imdb.com) no acabé de realmente ver la película. Es bueno tener más ojos y más piel que éstos, más manos, más aliento. Sólo voy agregar a tan hermoso review que en estas visiones de nuevo nos recordamos que somos dos: ellos y nosotros, nosotros y ellos, víctimas y victimarios, y nos permutamos, nos transformamos en el espacio de horas o días o años en uno u otro. Inflingiendo el dolor, sufriéndolo. En todas las formas posibles recorremos el horror de ser humanos, de ser colectivos, colectivos el odio, el miedo, el amor, el desprecio, el olvido, la memoria, la esperanza, ser o haber sido niños. Vos mirás la película y sos todos o podés serlos.
Cuánta falta nos hacen las películas que narren lo humano, sin maquillajes. No lo que deberíamos ser, sino lo que somos, receptáculos de secreciones y líquidos (sangre, semen, babas, lágrimas). Pero el cine, que tanto espejo debería ser, es casi todo una farsa sobre un animal ficticio. No queremos mirarnos, ni mirar a los otros. Durante los once minutos, once segundos, una imagen, insistidos once veces, nos vemos. Hay para todos. Para mí la historia del hombre que sobrevive a la muerte y malvive la ausencia bajo una sombra... luego bendice, lentamente, el sol el encierro... la luz, la luz... la luz duele.
Pero es cierto, Huesos: ese sólo corto no habría bastado. Desiguales en técnica y argumento, juntos son el espejo.
miércoles, 9 de junio de 2004
Von Trier: tres películas sobre la inocencia
Lars Von Trier: Dogville (2003), Dancer in the Dark (2000), Breaking the Waves (1996)
El ser humano tiene vocación de aberrante perverso. En medio de nuestra aberraciones cotidianas, la inocencia es una aberración equívoca. Lars Von Trier parece deleitarse con sus narraciones a lo Justine de Sade: el bien será castigado en la Tierra. Las tres historias hacen uso del mismo recurso de permitirnos cierta felicidad en la contemplación de la inocencia para luego brutalizarla. En el recorrido que va de Breaking a Dogville hay una progresión: en Breaking el cielo es posible y, quizás, la redención; en Dancer el sacrificio del cordero no es en vano; pero en Dogville el inocente se convierte a la fe sangrienta del padre. Y si en Dancer y en Breaking hacen presencia personajes secundarios que son cómplices de la pureza, Dogville es implacable en su ausencia de otro justo aparte de la protagonista y en mostrar que a la menor oportunidad aflora en nosotros el caníbal voraz que los buenos tiempos ocultan. Mientras Von Trier avanza en su abandono de toda posibilidad de redención, explora las posibilidades del recurso narrativo, permitiéndonos, aún en un musical o en un set teatral, aproximarnos sin inconvenientes, como en una caída libre, a la despiadada verdad que fluye en la narración, que va construyendo el olor, el perfil, la historia de los personajes y sus interacciones y que nos deja desnudos con nuestro estupor, dolor o lucidez. Pero no debemos detenernos en la empatía que nos deja sentir la historia y permanecer afuera: no somos los buenos, somos los demás... sólo dadnos una oportunidad...
El ser humano tiene vocación de aberrante perverso. En medio de nuestra aberraciones cotidianas, la inocencia es una aberración equívoca. Lars Von Trier parece deleitarse con sus narraciones a lo Justine de Sade: el bien será castigado en la Tierra. Las tres historias hacen uso del mismo recurso de permitirnos cierta felicidad en la contemplación de la inocencia para luego brutalizarla. En el recorrido que va de Breaking a Dogville hay una progresión: en Breaking el cielo es posible y, quizás, la redención; en Dancer el sacrificio del cordero no es en vano; pero en Dogville el inocente se convierte a la fe sangrienta del padre. Y si en Dancer y en Breaking hacen presencia personajes secundarios que son cómplices de la pureza, Dogville es implacable en su ausencia de otro justo aparte de la protagonista y en mostrar que a la menor oportunidad aflora en nosotros el caníbal voraz que los buenos tiempos ocultan. Mientras Von Trier avanza en su abandono de toda posibilidad de redención, explora las posibilidades del recurso narrativo, permitiéndonos, aún en un musical o en un set teatral, aproximarnos sin inconvenientes, como en una caída libre, a la despiadada verdad que fluye en la narración, que va construyendo el olor, el perfil, la historia de los personajes y sus interacciones y que nos deja desnudos con nuestro estupor, dolor o lucidez. Pero no debemos detenernos en la empatía que nos deja sentir la historia y permanecer afuera: no somos los buenos, somos los demás... sólo dadnos una oportunidad...
domingo, 6 de junio de 2004
M. Winterbottom: 24 hr Party People (2002)
Un viaje a través de un hombre y una época: Tony Wilson congrega a algunas de las mejores bandas del rock, les permite hacer historia y, en la cúspide de su feliz travesía, se compra una mesa de 30.000 libras esterlinas. Lo niega en algún momento de esta cinta extravagantemente sencilla: la película no es sobre él… pero lo es. Firma con sangre un acuerdo escandaloso para nuestros cánones capitalistas: él sólo le facilita a las bandas la libertad creativa y la posibilidad de comunicar su furia y su poesía al mundo… los beneficios económicos están de más. Obviamente, Tony quiebra, pero esto, afortunadamente, es irrelevante: habló con Dios, se casó con una ex–Miss UK e hizo feliz a un montón de gente en el camino. Tony vió, sintió, estuvo... asumíó sus convicciones con su natural inocencia y rechazó 5 millones de frívolas libras esterlinas que pretendían comprar sus sueños... En ese sentido, esta es una película sobre alguien que mantuvo su fe y su idiosincrática dignidad.
El ritmo narrativo hace naturales los movimientos, las expresiones y las circunstancias de los personajes, la música explota y nos lleva al lugar y la época y nos hace sentir lo poco de innovador que ha ocurrido en los últimos 20 años. Dios, gracias y felizmente, no es como debería ser (o quizás lo es), y se complace en bendecir a su criatura con su don para las buenas bandas. Y Tony, para devolver el favor, transformó la música del final del siglo 20 manteniéndose fiel a un credo a contracorriente de la codicia.
El ritmo narrativo hace naturales los movimientos, las expresiones y las circunstancias de los personajes, la música explota y nos lleva al lugar y la época y nos hace sentir lo poco de innovador que ha ocurrido en los últimos 20 años. Dios, gracias y felizmente, no es como debería ser (o quizás lo es), y se complace en bendecir a su criatura con su don para las buenas bandas. Y Tony, para devolver el favor, transformó la música del final del siglo 20 manteniéndose fiel a un credo a contracorriente de la codicia.
viernes, 28 de mayo de 2004
Tim Burton: Big Fish (2003)
Bienvenido a casa, Tim. Desde Ed Wood, que ví también en la cinemateca del Mambo, hace unos 9 años, no había hechizo. Con sólo Ed Wood, Burton es de los grandes. Big Fish, un nuevo homenaje a la visión alucinada que es necesaria para la felicidad, no tendrá la estatura cinematográfica de EW, pero tiene suficiente magia para hacer de una película lo que debe ser: un viaje donde no te viajan sino te viajás. Burton jamás había sido tan evidente con el rostro cotidiano que tiene la fantasía, y creo que lo más hermoso de la cinta es precisamente eso: el gigante, las gemelas, el poeta asaltabancos, el dueño del circo, la niña quita zapatos, todos son reales, todos. Eso es el amor, precisamente. Alucinarte de un objeto, de un alguien, y si andás de buenas, ese alguien será lo suficientemente bueno para sostener el sueño. O si no andás de buenas, la pesadilla. Alrededor de los buenos se crea una fisura espacio-temporal donde ocurre la magia. Y los héroes. Y la dignidad. Y algunas buenas películas. Gracias, viejo.
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