Tony Bui: Three Seasons (1999)
Cuatro historias entretejen distintos matices de lo posible y nos llevan por el mundo regular de las ambiciones cotidianas. Es un relato, por lo mismo, de la fragilidad: somos frágiles porque nos aferramos a nuestros sueños y al ámbito de lo que poseemos. Pero ninguna de las cuatro historias repite fielmente ninguna variación de este tema.
¿Qué ser más transparente y carente de ambiciones que la cultivadora de lotos? Ella carece de fragilidades porque no se aferra a nada, es inequívoco instrumento de la belleza que toma sus dedos, que toma su voz y se despliega. Ella se vuelve pretexto para el reencuentro consigo mismo del leproso, un sí mismo encubierto por las llagas, el remoridimiento y la mutilación... todas criaturas del tiempo. A través de la voz y las manos de la niña vuelve el leproso a su pureza, a la comunión con su más íntimo recogimiento (aquel que se extiende sobre el mundo) y las palabras que testimonian los recorridos de su dolor.
La escena de los lotos del leproso que regresan a las voces y las aguas de su infancia conmueve e ilumina: qué vehículo más transparente elige el tiempo en la niña para cifrar la inmutable belleza de un canto y unas aguas, de una infancia sepultada bajo lepra.
Las demás historias reconcilian nuestra cotidianidad con las posibilidades de nuestras pertenencias y nuestras ambiciones. La caja impuesta puede ser un pretexto para todas las cajas que cargamos. Pero el niño es niño sin la caja. Se entrega a sus charcos y al juego, a las delicadas ternezas de una amiga sombra. Pero nosotros, qué seríamos sin nuestras cajas?
El gringo es un caso patético de una pretendida sublimación que refleja todo el ego que trata de remediarse a sí mismo a través de los otros. Centrado en sí mismo, solo mira las calles, ajeno a la realidad que demanda su tal altruísmo, embriagando al niño y sintiéndose ajeno a la angustia de éste.
La historia del hombre del cyclo es una aventura que rompe las armaduras en pos del amor puro. Ése que habita bajo la piel de una puta, belleza y amor que ella no quiere ver y que él le descubre, en una inocencia irreal, absurda, de la que todos nos hacemos cómplices para creerla, para pretender que es posible... Es la más absurda de las historias, porque en ella nos descubrimos. Y por eso la aceptamos. Y recibimos las flores que caen.
[escrito en Brighton, 2000 o 2001]
domingo, 27 de febrero de 2005
viernes, 25 de febrero de 2005
cuando vengas
voy a pintarte de niebla
de pájaros
del olor que tiene la selva
voy a bautizarte del nombre
que cantan los grillos
que lleva el jaguar en su mirada
voy a abrazarte de mundo
voy a dejar que me enseñes a jugar con los mohanes
con las sombras
con el agua
quiero embrigarme de tus historias
de tus viajes por la vía láctea
y que me pintes de cielo
de luna
quiero que rías todos los días
quiero acariciarte las lágrimas
y que todo sea vos
cuando vengas
y que luego
cuando te vayas
quede cerrado el círculo
y me llevés en tu corazón
cuando lata.
de pájaros
del olor que tiene la selva
voy a bautizarte del nombre
que cantan los grillos
que lleva el jaguar en su mirada
voy a abrazarte de mundo
voy a dejar que me enseñes a jugar con los mohanes
con las sombras
con el agua
quiero embrigarme de tus historias
de tus viajes por la vía láctea
y que me pintes de cielo
de luna
quiero que rías todos los días
quiero acariciarte las lágrimas
y que todo sea vos
cuando vengas
y que luego
cuando te vayas
quede cerrado el círculo
y me llevés en tu corazón
cuando lata.
domingo, 20 de febrero de 2005
"... y luego la hora de después y la siguiente."
Michael Cunningham: Las Horas (The Hours, 1998; Premios Pulitzer y PEN/Faulkner 1999)
Leí temiendo las lágrimas. Las que me congestionaron viendo la sobria y sensible adaptación de Stephen Daldry en cine. Pero no llegaron. Pero la felicidad, la plenitud de sentir una obra de arte viva en los sentidos, llegó. Aún me sorprende cómo con los mismos personajes y circunstancias pudieron construirse dos historias apenas leve, pero suficientemente distintas. Allí donde acaricia el libro de Cunningham la película de Daldry desgarra. Creo que la base esencial de las diferencias se haya en la presencia de la muerte, que en el libro llega a la señora Brown como una revelación liberadora, y en la película se impone como una angustia. El principal logro de Cunningham está en el recorrido por un universo de suave exuberancia femenina en su plenitud física y emocional, en su sexualidad sutil y profunda, en donde la presencia inmanente de la muerte es femenina así su víctima sea un hombre, por la forma en que la muerte parte del principio femenino del parir, del vínculo, de la trascendencia profunda de la cotidianidad que congrega y da continuidad feroz y despidada, y compasiva, al mundo. Esas cosas que solo la fuerza de una mujer puede invocar, con su lubricidad maternal y animal. Esas cosas que sólo la ausencia de una mujer puede quitar. Qué es una mujer sin ese mundo impuesto de madre y consorte? Sin que ella medie entre los objetos y la necesidad, sin que ella dé orden al mundo? Qué fue de Laura Brown cuando rompió con el mundo? Un abismo, acaso como ese mar que fue Virginia Woolf, que quiso entender sus costas, sus acantilados, su profundidad, sus criaturas. Ese mar que un día se puede dejar de ser, se toma una piedra, se pone en el abrigo y el mar se deshace en la oscuridad. La plenitud se congrega a sí misma. Un hombre, como Richard, no tiene ese principio vital, sólo su ausencia, y la muerte no es sino acallar ese vacío, esa plenitud que jamás se pudo abarcar. Y ambas, plenitud o ausencia inabarcables, dejan escuchar las horas de la fe de la desesperanza, las horas que prolongan la agonía del primer instante en que se supo ver y entender... las horas, las horas, las horas.
Leí temiendo las lágrimas. Las que me congestionaron viendo la sobria y sensible adaptación de Stephen Daldry en cine. Pero no llegaron. Pero la felicidad, la plenitud de sentir una obra de arte viva en los sentidos, llegó. Aún me sorprende cómo con los mismos personajes y circunstancias pudieron construirse dos historias apenas leve, pero suficientemente distintas. Allí donde acaricia el libro de Cunningham la película de Daldry desgarra. Creo que la base esencial de las diferencias se haya en la presencia de la muerte, que en el libro llega a la señora Brown como una revelación liberadora, y en la película se impone como una angustia. El principal logro de Cunningham está en el recorrido por un universo de suave exuberancia femenina en su plenitud física y emocional, en su sexualidad sutil y profunda, en donde la presencia inmanente de la muerte es femenina así su víctima sea un hombre, por la forma en que la muerte parte del principio femenino del parir, del vínculo, de la trascendencia profunda de la cotidianidad que congrega y da continuidad feroz y despidada, y compasiva, al mundo. Esas cosas que solo la fuerza de una mujer puede invocar, con su lubricidad maternal y animal. Esas cosas que sólo la ausencia de una mujer puede quitar. Qué es una mujer sin ese mundo impuesto de madre y consorte? Sin que ella medie entre los objetos y la necesidad, sin que ella dé orden al mundo? Qué fue de Laura Brown cuando rompió con el mundo? Un abismo, acaso como ese mar que fue Virginia Woolf, que quiso entender sus costas, sus acantilados, su profundidad, sus criaturas. Ese mar que un día se puede dejar de ser, se toma una piedra, se pone en el abrigo y el mar se deshace en la oscuridad. La plenitud se congrega a sí misma. Un hombre, como Richard, no tiene ese principio vital, sólo su ausencia, y la muerte no es sino acallar ese vacío, esa plenitud que jamás se pudo abarcar. Y ambas, plenitud o ausencia inabarcables, dejan escuchar las horas de la fe de la desesperanza, las horas que prolongan la agonía del primer instante en que se supo ver y entender... las horas, las horas, las horas.
domingo, 6 de febrero de 2005
Un western de samurais
Kurosawa: Yojimbo (1961)
Es elemental el encanto de un western: el amor, el bien, el mal, el bien dueño de sí mismo, de su vocación, de su terquedad, el mal víctima de su oscuridad, de su caída, de su codicia. En la película de Kurosawa un ronin entra el simple laberinto de dos facciones de bandidos que salpican de imbecilidad y muerte un pequeño pueblo. El héroe juega con la estupidez y la codicia primitiva de los malos, cae víctima apaleada de su conmiseración por el mejor representante del patetismo en la película pero regresa para el recordarnos el valor depreciado y enorme de su dignidad. No habría héroes en las películas si los villanos dejaran de titubear cuando tienen la oportunidad de deshacerse de aquellos. Así, los héroes, siguen siendo posibles y también nuestra breve ilusión cinematográfica de que esa justicia es posible.
Kurosawa y Mifune hacen posible y tangible la belleza. Y la ilusión. Y la dramática y alegre felicidad de una película sobre un hombre sin nombre que algunos quisiéramos ser.
Es elemental el encanto de un western: el amor, el bien, el mal, el bien dueño de sí mismo, de su vocación, de su terquedad, el mal víctima de su oscuridad, de su caída, de su codicia. En la película de Kurosawa un ronin entra el simple laberinto de dos facciones de bandidos que salpican de imbecilidad y muerte un pequeño pueblo. El héroe juega con la estupidez y la codicia primitiva de los malos, cae víctima apaleada de su conmiseración por el mejor representante del patetismo en la película pero regresa para el recordarnos el valor depreciado y enorme de su dignidad. No habría héroes en las películas si los villanos dejaran de titubear cuando tienen la oportunidad de deshacerse de aquellos. Así, los héroes, siguen siendo posibles y también nuestra breve ilusión cinematográfica de que esa justicia es posible.
Kurosawa y Mifune hacen posible y tangible la belleza. Y la ilusión. Y la dramática y alegre felicidad de una película sobre un hombre sin nombre que algunos quisiéramos ser.
domingo, 30 de enero de 2005
cierro los ojos
cierro los ojos
tus ojos
y camino sobre el mar
hasta desollar mis pies
con la sal
y me arrodillo
y vuelvo a llorar mis ojos
tus ojos
sobre el mar
tus ojos
y camino sobre el mar
hasta desollar mis pies
con la sal
y me arrodillo
y vuelvo a llorar mis ojos
tus ojos
sobre el mar
lunes, 13 de diciembre de 2004
y si cayeran
y si cayeran la paredes
y si cayeran la piel
las vísceras
y los huesos
quedaría la angustia
y te abrazaría
y si cayeran la piel
las vísceras
y los huesos
quedaría la angustia
y te abrazaría
"then you're leaving me... alone... in a room... with an elephant"
Gus Van Sant: Elephant (2003)
Lejos del cine fácil de tours con todo incluido, Van Sant nos ofrece ese espejo, esa ventana, ese pozo, que tantas veces el cine puede ser cuando en lugar de entretenimiento es arte. Elephant acompaña el transcurrir de las últimas horas (y de pasados recientes) de distintos adolescentes que serán asesinados o asesinarán en una historia basada en la masacre de la escuela secundaria de Columbine, en 1999. La cámara se toma el tiempo para seguir en grupos o solos a los jóvenes, que habitan el tedio, la soledad, la trivialidad, la angustia, sin ir a ninguna parte. Y luego sucede la muerte. La historia se fragmenta entre los distintos personajes con la calma propia de esas historias sin rumbo, abandona a uno de los personajes para tomar a otro y llevarnos nuevamente a los mismos lugares, a lugares donde convergen recorridos, en un manejo adecuado del tiempo para una presentación de momentos que, de no ser por la matanza, no serían una historia.
Hay acaso dos deslices que traicionan ese deambular sin sentido que retrata la película: Alex, uno de los asesinos, nos es mostrado recibiendo el escarnio de la agresión soterrada de un par de sus compañeros durante una clase; Eric, el otro asesino, recrimina a uno de los directivos, a sus pies, por no haber hecho nada a favor de quienes son humillados por sus compañeros. Van Sant pudo, sin estos momentos, haber logrado dejarnos sentir que genuinamente nada en la matanza (ni en la adolescencia) es fácilmente explicable, pudo habernos dejado una de esas experiencias que sacamos a diario de las calles o de los medios, donde contemplamos las tragedias o las rutinas sin entender, y casi siempre sin tratar de entender, las causas.
En el resto de la película todo simplemente ocurre. A veces como en un sueño, como cuando la cámara se hace lenta, en la inexpresividad de quienes huyen de la matanza, en el lento, inexplicable camino de Benny hacia de donde todos huyen. Ese ambiente onírico, absurdo, elemental, monocromático, es un logro realista en un director que ha demostrado que bien puede hacer películas bajo los cánones más efectistas y artificiales de la industria.
Otro logro es una mirada que en momentos es justa con la naturaleza adolescente. Elías tomando fotos, revelándolas, John llorando, la compañera que se acerca y lo besa en la mejilla. Esos momentos cálidos que me recordaron que los adolescentes, como con quienes comparto 40 semanas al año, además de fornicar, beber y drogarse, admiran la belleza, sufren la soledad de un mundo sin afectos ni guianza de los adultos, y pueden ser compasivos. Pero nuestra indiferencia "les ha dejado solos, en una habitación, con el elefante..." El elefante que la cámara dibuja, el elefante que aparece dibujado, entre las cosas diarias y dispares de una habitación, mientras Alex mientras toca Para Elisa...
Van Sant puede no haber logrado una memorable obra de arte, pero ha dado unos pasos dentro del bosque. Y mientas anda mira. Y nos da ojos. Y nosotros miramos y vemos ese pedazo del mundo, del tiempo, como es pedazo incomprensible del universo este banal planeta donde, infinitesimales y breves, vivimos.
Lejos del cine fácil de tours con todo incluido, Van Sant nos ofrece ese espejo, esa ventana, ese pozo, que tantas veces el cine puede ser cuando en lugar de entretenimiento es arte. Elephant acompaña el transcurrir de las últimas horas (y de pasados recientes) de distintos adolescentes que serán asesinados o asesinarán en una historia basada en la masacre de la escuela secundaria de Columbine, en 1999. La cámara se toma el tiempo para seguir en grupos o solos a los jóvenes, que habitan el tedio, la soledad, la trivialidad, la angustia, sin ir a ninguna parte. Y luego sucede la muerte. La historia se fragmenta entre los distintos personajes con la calma propia de esas historias sin rumbo, abandona a uno de los personajes para tomar a otro y llevarnos nuevamente a los mismos lugares, a lugares donde convergen recorridos, en un manejo adecuado del tiempo para una presentación de momentos que, de no ser por la matanza, no serían una historia.
Hay acaso dos deslices que traicionan ese deambular sin sentido que retrata la película: Alex, uno de los asesinos, nos es mostrado recibiendo el escarnio de la agresión soterrada de un par de sus compañeros durante una clase; Eric, el otro asesino, recrimina a uno de los directivos, a sus pies, por no haber hecho nada a favor de quienes son humillados por sus compañeros. Van Sant pudo, sin estos momentos, haber logrado dejarnos sentir que genuinamente nada en la matanza (ni en la adolescencia) es fácilmente explicable, pudo habernos dejado una de esas experiencias que sacamos a diario de las calles o de los medios, donde contemplamos las tragedias o las rutinas sin entender, y casi siempre sin tratar de entender, las causas.
En el resto de la película todo simplemente ocurre. A veces como en un sueño, como cuando la cámara se hace lenta, en la inexpresividad de quienes huyen de la matanza, en el lento, inexplicable camino de Benny hacia de donde todos huyen. Ese ambiente onírico, absurdo, elemental, monocromático, es un logro realista en un director que ha demostrado que bien puede hacer películas bajo los cánones más efectistas y artificiales de la industria.
Otro logro es una mirada que en momentos es justa con la naturaleza adolescente. Elías tomando fotos, revelándolas, John llorando, la compañera que se acerca y lo besa en la mejilla. Esos momentos cálidos que me recordaron que los adolescentes, como con quienes comparto 40 semanas al año, además de fornicar, beber y drogarse, admiran la belleza, sufren la soledad de un mundo sin afectos ni guianza de los adultos, y pueden ser compasivos. Pero nuestra indiferencia "les ha dejado solos, en una habitación, con el elefante..." El elefante que la cámara dibuja, el elefante que aparece dibujado, entre las cosas diarias y dispares de una habitación, mientras Alex mientras toca Para Elisa...
Van Sant puede no haber logrado una memorable obra de arte, pero ha dado unos pasos dentro del bosque. Y mientas anda mira. Y nos da ojos. Y nosotros miramos y vemos ese pedazo del mundo, del tiempo, como es pedazo incomprensible del universo este banal planeta donde, infinitesimales y breves, vivimos.
martes, 7 de diciembre de 2004
"¿Nos contará usted de los otros mundos allá entre las estrellas, de los otros hombres, de las otras vidas?"
Úrsula K. Le Guin (1929- ): La Mano Izquierda de la Oscuridad (The Left Hand of Darkness, Premio Nébula 1969, Premio Hugo 1970)
Una épica historia, delicada, profunda, sensible. Una historia que quizás no pudo sino escribir una mujer. Al principio la historia me pareció trivial, pintoresca, una historia de fantasía para niños grandes. No lo es, es en cambio una obra imprescindible en la exploración de las posibilidades y logros de la ciencia ficción.
Genly Ai llega al planeta Invierno con la propuesta de que la humanidad que lo habita se una al Ecumen, una especie de confederación pacífica de planetas poblados por humanos. Llega solo a tratar de hacer escuchar su mensaje a los gobernantes de los países de este helado planeta. Su odisea transcurre en dos de los principales países, pero también transcurre en medio de una humanidad cualitativamente distinta de la convencional: en Gueden (el nombre que Invierno recibe de sus habitantes) los humanos no son ni hembras ni machos sino durante unos días al mes, una transformación transitoria que requiere de otro que esté en el mismo momento del ciclo y que asumirá la identidad complementaria. Estos seres andróginos pueden ser tanto padres como madres, hombres como mujeres, pero permanecen la mayor parte del tiempo en estado indiferenciado.
Le Guin desentraña muchas de las posibilidades psicológicas, religiosas, éticas y sociales de individuos y de una sociedad con esta naturaleza. El hilo conductor de la historia será el guedeniano que sacrificará en principio su honor, y luego tanto más, para que el Enviado consiga su misión. El tema central es la amistad que surge en un mundo hostil entre estos dos seres disímiles. Le Guin recrea los personajes, aún los fugaces, con precisión, da profundidad y carácter a los estados de ánimo y a los pensamientos, colorido y tangibilidad a los paisajes urbanos y naturales, emoción a los devenires, credibilidad histórica a la existencia de culturas, civilizaciones y humanidades dispersas por las estrellas. El título es una delicada exaltación tanto de lo Único como de lo Dual que se explica en algún momento del relato. El final es sobrio, propio de la dignidad de los personajes que tejieron la historia. De una especulación sobre el futuro galáctico de la humanidad, Le Guin elaboró lo que pocos especuladores pueden: una hermosa obra de arte.
Una épica historia, delicada, profunda, sensible. Una historia que quizás no pudo sino escribir una mujer. Al principio la historia me pareció trivial, pintoresca, una historia de fantasía para niños grandes. No lo es, es en cambio una obra imprescindible en la exploración de las posibilidades y logros de la ciencia ficción.
Genly Ai llega al planeta Invierno con la propuesta de que la humanidad que lo habita se una al Ecumen, una especie de confederación pacífica de planetas poblados por humanos. Llega solo a tratar de hacer escuchar su mensaje a los gobernantes de los países de este helado planeta. Su odisea transcurre en dos de los principales países, pero también transcurre en medio de una humanidad cualitativamente distinta de la convencional: en Gueden (el nombre que Invierno recibe de sus habitantes) los humanos no son ni hembras ni machos sino durante unos días al mes, una transformación transitoria que requiere de otro que esté en el mismo momento del ciclo y que asumirá la identidad complementaria. Estos seres andróginos pueden ser tanto padres como madres, hombres como mujeres, pero permanecen la mayor parte del tiempo en estado indiferenciado.
Le Guin desentraña muchas de las posibilidades psicológicas, religiosas, éticas y sociales de individuos y de una sociedad con esta naturaleza. El hilo conductor de la historia será el guedeniano que sacrificará en principio su honor, y luego tanto más, para que el Enviado consiga su misión. El tema central es la amistad que surge en un mundo hostil entre estos dos seres disímiles. Le Guin recrea los personajes, aún los fugaces, con precisión, da profundidad y carácter a los estados de ánimo y a los pensamientos, colorido y tangibilidad a los paisajes urbanos y naturales, emoción a los devenires, credibilidad histórica a la existencia de culturas, civilizaciones y humanidades dispersas por las estrellas. El título es una delicada exaltación tanto de lo Único como de lo Dual que se explica en algún momento del relato. El final es sobrio, propio de la dignidad de los personajes que tejieron la historia. De una especulación sobre el futuro galáctico de la humanidad, Le Guin elaboró lo que pocos especuladores pueden: una hermosa obra de arte.
lunes, 6 de diciembre de 2004
mientras el mundo se desvanece en la oscuridad
Ingmar Bergman (1918- ): El Séptimo Sello (Det Sjunde inseglet, 1957)
La Europa de la Peste Negra y las cruzadas. Un caballero y su escudero regresan de sus diez años de ausencia, de la sangrienta y absurda reconquista de santas tierras. Han envejecido de cinismo y tristeza y desesperación, han envejecido de un Dios que en diez años y en tierras santas se ha hecho cada vez más ausente, hasta desaparecer en la oscuridad.
Dios, ese ausente omnipresente. Las procesiones de flagelados, la quema de brujas que fornican con el diablo nos cuentan de un mundo que cae en su apocalipsis sin atreverse a blasfemar, sintiéndose culpable y hediondo, salvo los que se redimen en el hedonismo.
Con calma, la Muerte reclama a los suyos. El caballero demora la partida retando a la tramposa a jugar ajedrez. Pero los días que gana sólo le permiten más horrores, un breve y falaz encuentro con el trivial solaz doméstico de un saltimbanqui, más absurdas horas y un reencuentro con la paciente esposa que le espera y quien luego será la única (eso enseña la paciencia) que recibirá a la Muerte como a un sereno ocaso.
Una hermosa composición teatral de Bergman, cuyo casi total efecto reside en los diálogos, en la fuerte personificación de la Muerte, en el lúcido y amargo cinismo de Jöns, el escudero, y en algunas pocas imágenes que, como todo lo memorable de esta cinta, hablan del onírico absurdo que es existir y preguntarse por qué, cuando desde siempre todo ha sido apocalipsis.
La Europa de la Peste Negra y las cruzadas. Un caballero y su escudero regresan de sus diez años de ausencia, de la sangrienta y absurda reconquista de santas tierras. Han envejecido de cinismo y tristeza y desesperación, han envejecido de un Dios que en diez años y en tierras santas se ha hecho cada vez más ausente, hasta desaparecer en la oscuridad.
Dios, ese ausente omnipresente. Las procesiones de flagelados, la quema de brujas que fornican con el diablo nos cuentan de un mundo que cae en su apocalipsis sin atreverse a blasfemar, sintiéndose culpable y hediondo, salvo los que se redimen en el hedonismo.
Con calma, la Muerte reclama a los suyos. El caballero demora la partida retando a la tramposa a jugar ajedrez. Pero los días que gana sólo le permiten más horrores, un breve y falaz encuentro con el trivial solaz doméstico de un saltimbanqui, más absurdas horas y un reencuentro con la paciente esposa que le espera y quien luego será la única (eso enseña la paciencia) que recibirá a la Muerte como a un sereno ocaso.
Una hermosa composición teatral de Bergman, cuyo casi total efecto reside en los diálogos, en la fuerte personificación de la Muerte, en el lúcido y amargo cinismo de Jöns, el escudero, y en algunas pocas imágenes que, como todo lo memorable de esta cinta, hablan del onírico absurdo que es existir y preguntarse por qué, cuando desde siempre todo ha sido apocalipsis.
miércoles, 24 de noviembre de 2004
Un largo tedio de rojo preludio...
KS Robinson (1952- ): Marte Rojo (Red Mars, Premio Nébula 1993)
No debería escribir sobre libros que no me gustaron. No sé si con ésta comience una serie agria de reseñas desencantadas... pero. Pero MR fue premio Nébula y sus dos secuelas, Green Mars y Blue Mars, Hugos. Sobre éstos dos últimos tengo una esperanza que se amenaza a sí misma, ya veremos. Entretanto queda el esfuerzo vano de perseguir obstinadamente, durante 577 páginas, una historia que llegara a alguna de mis vísceras...
Los personajes principales se extinguen con languidez en una vejez heroica, en un sentido media y gringo del adjetivo, sin adquirir jamás profundidad, sin transformarse a sí mismos tras décadas en un planeta de leve atmósfera y gravedad. Leves llegan, leves permanecerán gravitando. El libro quiere adquirir un tono más profundo en su parte final, con sus revoluciones más torpes y confusas que épicas, con sus catástrofes planetarias... amenaza una dimensión que no logra... Pero cuando sus personajes deambulan meses en el tedio prófugo y perdido al menos parecen haber logrado su propósito de mimetizarse en el paisaje del tono del libro.
Robinson logra algo titánico: concibe técnicamente la colonización de Marte, con algo de escenario social, pero sus actores son pintaditos, su historia esquemática, pobre. Insisto, la buena ciencia ficción lleva al humano a escenarios que le permiten deambular otras dimensiones de su antropoide psique. Robinson desperdicia esa magnífica oportunidad. Un crítico citado en la solapa afirma que parece que Robinson hubiera estado allí, entre los primeros colonos de Marte y hubiera regresado para contarnos... Sí, exactamente: igual le hubiera dado escribir sobre la Bogotá del siglo 16, pero su talento no habría captado lo profundo.
Pero quiero pensar que no fue sino un largo y aburrido prólogo a algo más denso, verde o azul. Espero.
No debería escribir sobre libros que no me gustaron. No sé si con ésta comience una serie agria de reseñas desencantadas... pero. Pero MR fue premio Nébula y sus dos secuelas, Green Mars y Blue Mars, Hugos. Sobre éstos dos últimos tengo una esperanza que se amenaza a sí misma, ya veremos. Entretanto queda el esfuerzo vano de perseguir obstinadamente, durante 577 páginas, una historia que llegara a alguna de mis vísceras...
Los personajes principales se extinguen con languidez en una vejez heroica, en un sentido media y gringo del adjetivo, sin adquirir jamás profundidad, sin transformarse a sí mismos tras décadas en un planeta de leve atmósfera y gravedad. Leves llegan, leves permanecerán gravitando. El libro quiere adquirir un tono más profundo en su parte final, con sus revoluciones más torpes y confusas que épicas, con sus catástrofes planetarias... amenaza una dimensión que no logra... Pero cuando sus personajes deambulan meses en el tedio prófugo y perdido al menos parecen haber logrado su propósito de mimetizarse en el paisaje del tono del libro.
Robinson logra algo titánico: concibe técnicamente la colonización de Marte, con algo de escenario social, pero sus actores son pintaditos, su historia esquemática, pobre. Insisto, la buena ciencia ficción lleva al humano a escenarios que le permiten deambular otras dimensiones de su antropoide psique. Robinson desperdicia esa magnífica oportunidad. Un crítico citado en la solapa afirma que parece que Robinson hubiera estado allí, entre los primeros colonos de Marte y hubiera regresado para contarnos... Sí, exactamente: igual le hubiera dado escribir sobre la Bogotá del siglo 16, pero su talento no habría captado lo profundo.
Pero quiero pensar que no fue sino un largo y aburrido prólogo a algo más denso, verde o azul. Espero.
domingo, 14 de noviembre de 2004
antes
Alguna vez tuve el color de la tierra
Mientras andaba el monte
Mientras sudaba mi tristeza
Luego
El mundo se detuvo
Una tempestad de polvo
Me borró hasta el olvido
Desde entonces
Migro
Y dejo
Nada
Mis huellas
Son de viento
Mientras andaba el monte
Mientras sudaba mi tristeza
Luego
El mundo se detuvo
Una tempestad de polvo
Me borró hasta el olvido
Desde entonces
Migro
Y dejo
Nada
Mis huellas
Son de viento
miércoles, 10 de noviembre de 2004
Una lección de disección
Otto Preminger: Anatomy of a Murder (1959)
Una trama que pudo haber sido apta para moralejas: Un teniente del ejército es acusado por el asesinato del hombre que violó a su esposa. Ésta, una mujer coqueta y sensual, contrata a un abogado brillante y sin ambiciones para que asuma la defensa. Las personalidades del oficial y de su mujer dejan dudas sobre la naturaleza del crimen. La película deja entrever que quizás fue el oficial quien golpeó a su mujer esa noche al regresar ella a casa, no por primera vez, con un hombre después de haber bebido en el bar local, y luego de golpearla, (y obviamente aquí acaban las especulaciones) haber ido a buscar al tipo, el dueño del bar, para asesinarlo de forma premeditada y fría frente a sus clientes. Pero también hay sospechas fundadas de una presunta violencia sexual contra la mujer y de que el agresor trató de ocultar evidencia (unas enormes bragas que hacen presencia histórica en la pantalla), aunque nunca la violación resulta demostrada. En cualquier caso, la película deja sin resolver la verdad sobre la historia, y no sabremos jamás si hubo algún tipo de justicia en el desenlace. Preminger evade brillantemente la posibilidad de adoctrinar babosamente y de ofrecer fáciles modelos para identificarse. Una película anti-Hollywood.
Con planos largos planos de actuaciones sobresalientes de tanto los actores principales como los secundarios, esta película es una narración sincera acerca de lo inasequible que es la verdad, de los ámbitos modestos en que se mueve la honestidad. La película nos ofrece unos abogados si bien no honestos sí transparentes en su oficio irrelevante y trascendente a la vez, pues siempre los equívocos resuelven, en lugar de la verdad, los destinos. Raro, sí: esta vez los abogados resultan ingenuos a pesar de sus argumentos brillantes, sobrepasados por la natural complejidad de la espontánea y acomodaticia inmoralidad humana. Una película sencilla que respeta la inteligencia del espectador y la entretiene, más allá del bien y del mal y de sus fáciles sucedáneos de la industria fílmica.
Una trama que pudo haber sido apta para moralejas: Un teniente del ejército es acusado por el asesinato del hombre que violó a su esposa. Ésta, una mujer coqueta y sensual, contrata a un abogado brillante y sin ambiciones para que asuma la defensa. Las personalidades del oficial y de su mujer dejan dudas sobre la naturaleza del crimen. La película deja entrever que quizás fue el oficial quien golpeó a su mujer esa noche al regresar ella a casa, no por primera vez, con un hombre después de haber bebido en el bar local, y luego de golpearla, (y obviamente aquí acaban las especulaciones) haber ido a buscar al tipo, el dueño del bar, para asesinarlo de forma premeditada y fría frente a sus clientes. Pero también hay sospechas fundadas de una presunta violencia sexual contra la mujer y de que el agresor trató de ocultar evidencia (unas enormes bragas que hacen presencia histórica en la pantalla), aunque nunca la violación resulta demostrada. En cualquier caso, la película deja sin resolver la verdad sobre la historia, y no sabremos jamás si hubo algún tipo de justicia en el desenlace. Preminger evade brillantemente la posibilidad de adoctrinar babosamente y de ofrecer fáciles modelos para identificarse. Una película anti-Hollywood.
Con planos largos planos de actuaciones sobresalientes de tanto los actores principales como los secundarios, esta película es una narración sincera acerca de lo inasequible que es la verdad, de los ámbitos modestos en que se mueve la honestidad. La película nos ofrece unos abogados si bien no honestos sí transparentes en su oficio irrelevante y trascendente a la vez, pues siempre los equívocos resuelven, en lugar de la verdad, los destinos. Raro, sí: esta vez los abogados resultan ingenuos a pesar de sus argumentos brillantes, sobrepasados por la natural complejidad de la espontánea y acomodaticia inmoralidad humana. Una película sencilla que respeta la inteligencia del espectador y la entretiene, más allá del bien y del mal y de sus fáciles sucedáneos de la industria fílmica.
jueves, 4 de noviembre de 2004
ése
por todas partes
acecha el dolor.
es lo único que uno no aprende, jamás:
no terminan de cicatrizar unas
y ya hay nuevas
heridas abiertas.
hay algo de resignación en ese estupor que se repite.
la vocación por el dolor
es un hambre
que no sería tan terrible si
detrás de cada dolor
no estuviera
el homúnculo.
anciano desde que nacemos.
decrépito.
riéndose.
a veces, muy pocas,
llora.
acecha el dolor.
es lo único que uno no aprende, jamás:
no terminan de cicatrizar unas
y ya hay nuevas
heridas abiertas.
hay algo de resignación en ese estupor que se repite.
la vocación por el dolor
es un hambre
que no sería tan terrible si
detrás de cada dolor
no estuviera
el homúnculo.
anciano desde que nacemos.
decrépito.
riéndose.
a veces, muy pocas,
llora.
arrastrarse
dos·
incluso quienes envejecemos despacio compartimos la misma angustia de decaer.
esperamos mientras el rostro traiciona los años.
pero los huesos sí se cansan.
se hartan de sostenerse,
quisieran
pudrirse, dehacerse.
la carne aún parece
querer caricias
pero quiere ponerse fría, pútrida,
sentir el alivio de no encarnar ya nada.
de no ser una vejación constante
para
nada
para
nadie.
incluso quienes envejecemos despacio compartimos la misma angustia de decaer.
esperamos mientras el rostro traiciona los años.
pero los huesos sí se cansan.
se hartan de sostenerse,
quisieran
pudrirse, dehacerse.
la carne aún parece
querer caricias
pero quiere ponerse fría, pútrida,
sentir el alivio de no encarnar ya nada.
de no ser una vejación constante
para
nada
para
nadie.
arrastrarse
uno
al mismo tiempo, no somos tan frágiles.
no nos mata el tedio
ni la tristeza.
ni siquiera el cansancio levanta esa mano
que a algunos asesina.
acaso desgasten, todas estas oscuridades,
pero no aniquilan.
hay un fervor sacrílego detrás de la voluntad que anima saltar a la oscuridad,
una voluntad que niega la voluntad primégina
de respirar
de latir
incluso
de llorar.
de seguir llorando.
de ser cobardes.
entonces se traga la bilis, se calla.
y uno se arrastra
se continúa arrastrando
en la oscuridad.
al mismo tiempo, no somos tan frágiles.
no nos mata el tedio
ni la tristeza.
ni siquiera el cansancio levanta esa mano
que a algunos asesina.
acaso desgasten, todas estas oscuridades,
pero no aniquilan.
hay un fervor sacrílego detrás de la voluntad que anima saltar a la oscuridad,
una voluntad que niega la voluntad primégina
de respirar
de latir
incluso
de llorar.
de seguir llorando.
de ser cobardes.
entonces se traga la bilis, se calla.
y uno se arrastra
se continúa arrastrando
en la oscuridad.
viernes, 29 de octubre de 2004
Como beber agua tibia
Como beber agua tibia
Metálica
Triste
Como deshuesarse entre las horas que espero
Pálido
Sonriente
Tragándome los dientes
Como desangrarse
Cagar
Vomitar
Sangre
Y seguir sonriente
Beber más agua
Y preguntar por la gente
Metálica
Triste
Como deshuesarse entre las horas que espero
Pálido
Sonriente
Tragándome los dientes
Como desangrarse
Cagar
Vomitar
Sangre
Y seguir sonriente
Beber más agua
Y preguntar por la gente
lunes, 11 de octubre de 2004
"Each wish resign'd"
M. Gondry: Eternal Sunshine of the Spotless Mind (2004)
La mezcla de ciencia ficción y comedia romántica vale bien para tarde de domingo. La trama nos revela incansable esos personajes triviales que todos somos por ratos y construye un romance tonto con un guión inevitable (el deslumbramiento, la ternura, el tedio, la ira) pero con un recurso inédito: la posibilidad de borrar todo recuerdo del otro. No hay mucho que decir de esta película agradablemente manipuladora (aquí suspirás, acá lagrimeás, allí te reís) y de buena pero simplona factura narrativa (a pesar de las bonitas escenas surrealistas de Clem y Joel que entre otras memorias huyen de la ablación de su amor), excepto por el final: cuando Clem y Joel afrontan la posibilidad de continuar ese romance, el cual acaban de descubrir es reensamblado, cuando saben que se hastiarán y se dolerán, Joel se encoge de hombros y decide que así sea, amén. No podemos evitarlo, el amor es un complot fisiológico, evolutivo, al que queremos achacarle cosas que no le corresponden: la comprensión, la tolerancia, la felicidad. Se engulle, bajo un hechizo que luego se revelará mordaz, así como se bebe a pesar de las resacas. Somos mamíferos que, como todos los demás de pelos y leches maternas, nacemos para la dependencia afectiva. Amén, Kauffman, amén.
La mezcla de ciencia ficción y comedia romántica vale bien para tarde de domingo. La trama nos revela incansable esos personajes triviales que todos somos por ratos y construye un romance tonto con un guión inevitable (el deslumbramiento, la ternura, el tedio, la ira) pero con un recurso inédito: la posibilidad de borrar todo recuerdo del otro. No hay mucho que decir de esta película agradablemente manipuladora (aquí suspirás, acá lagrimeás, allí te reís) y de buena pero simplona factura narrativa (a pesar de las bonitas escenas surrealistas de Clem y Joel que entre otras memorias huyen de la ablación de su amor), excepto por el final: cuando Clem y Joel afrontan la posibilidad de continuar ese romance, el cual acaban de descubrir es reensamblado, cuando saben que se hastiarán y se dolerán, Joel se encoge de hombros y decide que así sea, amén. No podemos evitarlo, el amor es un complot fisiológico, evolutivo, al que queremos achacarle cosas que no le corresponden: la comprensión, la tolerancia, la felicidad. Se engulle, bajo un hechizo que luego se revelará mordaz, así como se bebe a pesar de las resacas. Somos mamíferos que, como todos los demás de pelos y leches maternas, nacemos para la dependencia afectiva. Amén, Kauffman, amén.
martes, 5 de octubre de 2004
para que le guste tanto la sangre
José Saramago (1922- ): El Evangelio según Jesucristo (O Evangelho segundo Jesus Cristo, 1991)
La fe, como las mismas convicciones diarias, es necesariamente irracional. Sostenerle un sentido habitual a la mamífera demostración de nuestra existencia requiere menos de la racionalidad que de una consistencia visceral, de una convicción absurda de que es trascendente aquello que da consistencia biográfica, lúbrica, pasional, afectiva al hecho de ser carne y piel sostenidas por un esqueleto. La fe católica, cristiana, o monoteísta, como virtualmente cualquier fe surgida de la imaginación cobarde de esta especie febril, egoísta y vana, no soporta un análisis cuidadoso de sus motivaciones y raíces, menos de su lógica. La subordinación humillante a dioses ávidos de sangre y dolor, la fácil intolerancia, las Iglesias brutales llevan a la necesaria conclusión de que ese demiurgo baboso e indiferente inventado por los hebreos, los cristianos y los musulmanes es una imagen magnificada y arrogante de nuestras fétidas entrañas.
En la escena central del relato de Saramago sobre Jesús, cordero de un dios hebreo ávido de un público más amplio, ese dios se manifiesta como inevitablemente debió haber sido, como debe ser: un ególatra que necesita del padecimiento, del horror, para ser venerado. El diablo tienta a ese judío codicioso con la compasión y éste la desprecia. El diablo se resigna: "Es necesario ser Dios para que le guste tanto la sangre".
Con un dios que se proclama todopoderoso no son posibles los malentendidos: por sus frutos es conocido. La bondad y el misticismo, el arte, sólo prueban que el humano es suficiente criatura para inventarse un dios sangriento y pedante y a pesar de todo ser Francisco de Asís, el Greco, Bach o Pessoa, o alguna de esas dos Marías que se abrazan en la escena más hermosa de este libro que testimonia el sacrificio de un inocente para que durante centurias siguiéramos satisfaciendo nuestra lujuria de sangre. La bondad, la inocencia, sólo sirven para que los herederos de dios en la tierra tengan qué llevar al matadero. Y la dignidad frente a esos ángeles del señor que reclaman para sí la parte terrena de su reino es no ser, no querer ser como ellos, traficantes y asesinos de almas y de carnes. Y como el Jesús de Saramago, la dignidad será señal de la derrota. Benditas sean. Maldito sea ese dios que desconoce dignidades y derrotas.
La fe, como las mismas convicciones diarias, es necesariamente irracional. Sostenerle un sentido habitual a la mamífera demostración de nuestra existencia requiere menos de la racionalidad que de una consistencia visceral, de una convicción absurda de que es trascendente aquello que da consistencia biográfica, lúbrica, pasional, afectiva al hecho de ser carne y piel sostenidas por un esqueleto. La fe católica, cristiana, o monoteísta, como virtualmente cualquier fe surgida de la imaginación cobarde de esta especie febril, egoísta y vana, no soporta un análisis cuidadoso de sus motivaciones y raíces, menos de su lógica. La subordinación humillante a dioses ávidos de sangre y dolor, la fácil intolerancia, las Iglesias brutales llevan a la necesaria conclusión de que ese demiurgo baboso e indiferente inventado por los hebreos, los cristianos y los musulmanes es una imagen magnificada y arrogante de nuestras fétidas entrañas.
En la escena central del relato de Saramago sobre Jesús, cordero de un dios hebreo ávido de un público más amplio, ese dios se manifiesta como inevitablemente debió haber sido, como debe ser: un ególatra que necesita del padecimiento, del horror, para ser venerado. El diablo tienta a ese judío codicioso con la compasión y éste la desprecia. El diablo se resigna: "Es necesario ser Dios para que le guste tanto la sangre".
Con un dios que se proclama todopoderoso no son posibles los malentendidos: por sus frutos es conocido. La bondad y el misticismo, el arte, sólo prueban que el humano es suficiente criatura para inventarse un dios sangriento y pedante y a pesar de todo ser Francisco de Asís, el Greco, Bach o Pessoa, o alguna de esas dos Marías que se abrazan en la escena más hermosa de este libro que testimonia el sacrificio de un inocente para que durante centurias siguiéramos satisfaciendo nuestra lujuria de sangre. La bondad, la inocencia, sólo sirven para que los herederos de dios en la tierra tengan qué llevar al matadero. Y la dignidad frente a esos ángeles del señor que reclaman para sí la parte terrena de su reino es no ser, no querer ser como ellos, traficantes y asesinos de almas y de carnes. Y como el Jesús de Saramago, la dignidad será señal de la derrota. Benditas sean. Maldito sea ese dios que desconoce dignidades y derrotas.
sábado, 2 de octubre de 2004
With Nails in His Eyes
Tim Burton (1958- ): The Melancholy Death of Oyster Boy & Other Stories (1997)
Pareciera como si con ferocidad Burton ironizara sobre el insulto que supone cada humano en el mundo, la tragedia, lo patético. Brutales, absurdos, ridículos son los sentimientos con los que nos aferramos a este escenario, a nos y la desidia, a la indiferencia o a los varios sentimientos recíprocos o no con los que los demás reconocen nuestro exabrupto de existir. Burton aborda con más talento imaginativo (imaginación, imagen) que poético o narrativo esta oscura dimensión, la única que importa, de nuestra condición homínida. Son las más de sus tristes criaturas niños, pues aún en la crueldad, la inocencia de la infancia prefigura todas nuestras culpas, nuestras devastadoras soledades de las cuales con humillaciones vamos a querer huir. No deja una cicatriz, pero bastan unas pocas imágenes impecablemente logradas para que este libro sea buscado otra vez por ávidas manos. (Vale: primero le agradecés una película afectada sobre lo hermoso de nosotros y luego lo fustigás por no ser lo suficientemente talentoso para ilustrar nuestro hedor… entonces? Ah, es que depende… Como él, como muchos, uno tiene que apreciar adecuadamente la pestilencia, el horror de lo humano para amar esa especie que jamás debió existir…)
The Boy with Nails in His Eyes
Pareciera como si con ferocidad Burton ironizara sobre el insulto que supone cada humano en el mundo, la tragedia, lo patético. Brutales, absurdos, ridículos son los sentimientos con los que nos aferramos a este escenario, a nos y la desidia, a la indiferencia o a los varios sentimientos recíprocos o no con los que los demás reconocen nuestro exabrupto de existir. Burton aborda con más talento imaginativo (imaginación, imagen) que poético o narrativo esta oscura dimensión, la única que importa, de nuestra condición homínida. Son las más de sus tristes criaturas niños, pues aún en la crueldad, la inocencia de la infancia prefigura todas nuestras culpas, nuestras devastadoras soledades de las cuales con humillaciones vamos a querer huir. No deja una cicatriz, pero bastan unas pocas imágenes impecablemente logradas para que este libro sea buscado otra vez por ávidas manos. (Vale: primero le agradecés una película afectada sobre lo hermoso de nosotros y luego lo fustigás por no ser lo suficientemente talentoso para ilustrar nuestro hedor… entonces? Ah, es que depende… Como él, como muchos, uno tiene que apreciar adecuadamente la pestilencia, el horror de lo humano para amar esa especie que jamás debió existir…)
The Boy with Nails in His Eyes
miércoles, 29 de septiembre de 2004
manos
en mis manos cantan las mías, las manos que no tengo y desollan, sin escuchar, los gritos, la tierra, el agua que beben, la esquirla que amenaza, la oscuridad que hienden.
en mis manos cantan las tuyas, roncas, tenebrosas, si no cansadas, luz gris pastosa de alborada, las manos que atiborran de sándalos y heridas otras manos menos mías, las manos que no encuentran y en ciega ira
me cardan.
en mis manos cantan las tuyas, roncas, tenebrosas, si no cansadas, luz gris pastosa de alborada, las manos que atiborran de sándalos y heridas otras manos menos mías, las manos que no encuentran y en ciega ira
me cardan.
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