ni la mirada de una puta cansada.
ni temblar de frío.
(tatúame los labios con tu olvido).
ni la lluvia.
ni, uno a uno, todos los gritos.
ni volver a ser niño.
ni matarse.
nada.
: entra.
deja afuera la escarcha y tus pies heridos.
ven.
muérdeme los párpados.
dime que no estoy vivo.
dímelo.
sábado, 22 de julio de 2006
miércoles, 12 de julio de 2006
Of men and words
Simon Winchester (1944- ): The surgeon of Crowthorne (1998)
Ya es raro encontrar devotos de las palabras. Hasta no hace mucho, el fervor por un autor, Borges, Caicedo, me congregaba con otros. Es comprensible ese afecto: como símbolos, las palabras, una a una o en su alquimia impredecible, cifran ese animal complejo, patético y sublime que somos, que imaginamos o soñamos ser.
Este es un libro sobre unos raros devotos, un grupo de personajes que se entregaron a la metódica tarea de recopilar todas las palabras del idioma inglés, ilustrando con citas sus usos y significados. Una historia dentro de la historia del Oxford English Dictionary.
Los personajes son asombrosos y conmovedores. El hombre de provincias, autodidacta que acabaría por ser el editor de la obra, y el aristocrático médico de Yale, a quien quizás enloqueció la guerra, criminal, devorador de libros, esquizofrénico. Es la historia del vínculo entre estos dos hombres, un vínculo profundo y filial y exento, muy británicamente, de sentimentalismo.
Hay una magia en la empresa, en su naturaleza británica, en estos dos de sus personajes particulares, que produce una empatía triste.
Y a mí, ya se sabe, me gusta la tristeza.
Ya es raro encontrar devotos de las palabras. Hasta no hace mucho, el fervor por un autor, Borges, Caicedo, me congregaba con otros. Es comprensible ese afecto: como símbolos, las palabras, una a una o en su alquimia impredecible, cifran ese animal complejo, patético y sublime que somos, que imaginamos o soñamos ser.
Este es un libro sobre unos raros devotos, un grupo de personajes que se entregaron a la metódica tarea de recopilar todas las palabras del idioma inglés, ilustrando con citas sus usos y significados. Una historia dentro de la historia del Oxford English Dictionary.
Los personajes son asombrosos y conmovedores. El hombre de provincias, autodidacta que acabaría por ser el editor de la obra, y el aristocrático médico de Yale, a quien quizás enloqueció la guerra, criminal, devorador de libros, esquizofrénico. Es la historia del vínculo entre estos dos hombres, un vínculo profundo y filial y exento, muy británicamente, de sentimentalismo.
Hay una magia en la empresa, en su naturaleza británica, en estos dos de sus personajes particulares, que produce una empatía triste.
Y a mí, ya se sabe, me gusta la tristeza.
sábado, 10 de junio de 2006
El Reposo del Guerrero
Christiane Rochefort (1917-1998): Le Repos du Guerrier (1958)
Un libro sobre la interminable estupidez humana. Hace años me decía que en el sexo y en la guerra se manifestaba más nítidamente el animal humano. Era un comentario ingenuo y arrogante, pero temo que acertado. Geneviève descubre el sexo con Renaud, a quien accidentalmente ha salvado del suicidio. A ese encuentro fortuito de carnalidades, decide llamarle, por lo inédito, amor. Se obsesiona con el personaje alcohólico, perverso y perdido que la humilla por no ser más que una pequeñoburguesa confundida. Efectivamente, Renaud está más allá de la pueril comprensión de Geneviève, ella simplemente se arrastra ante un farsante que no puede con su propio cinismo. Pero, en medio de esa orgía de excrementos y excreciones que suele ser el llamado amor, Rochefort, más que del descanso de un guerrero mediocre que se retuerce en su malograda existencia, nos habla durante algunas páginas del otro Renaud, un animal ingenuo y vital, feliz: Renaud resuena en Raphaële, una hermana con quien se entrega a la ebriedad de estar vivo sin metafísicas ni dolores. Juegan juntos en el campo durante páginas y días, sin enamorarse, sin trocar los fluídos de sus cuerpos, pero condenados por estar jugando a ser niños. Les llaman adentro, sus respectivas parejas deciden que todo acabe.
En ese otro amor sin babas leí la verdadera tragedia de esta historia. Ese vínculo que ninguno, ni Raphaële ni Renaud, intentan salvar del mundo. Geneviève se preña de Renaud y así obtiene el ser que anhela, un Renaud sobre el cual imponerse definitivamente, al cual redimir de sus pecados y sus obsesiones. Y Renaud marcha a internarse, ha terminado por creer que no es sino el personaje que una vez quiso suicidarse, que no es sino el pretexto para las babas redentoras de Geneviève. Y el libro acaba.
Un libro sobre la interminable estupidez humana. Hace años me decía que en el sexo y en la guerra se manifestaba más nítidamente el animal humano. Era un comentario ingenuo y arrogante, pero temo que acertado. Geneviève descubre el sexo con Renaud, a quien accidentalmente ha salvado del suicidio. A ese encuentro fortuito de carnalidades, decide llamarle, por lo inédito, amor. Se obsesiona con el personaje alcohólico, perverso y perdido que la humilla por no ser más que una pequeñoburguesa confundida. Efectivamente, Renaud está más allá de la pueril comprensión de Geneviève, ella simplemente se arrastra ante un farsante que no puede con su propio cinismo. Pero, en medio de esa orgía de excrementos y excreciones que suele ser el llamado amor, Rochefort, más que del descanso de un guerrero mediocre que se retuerce en su malograda existencia, nos habla durante algunas páginas del otro Renaud, un animal ingenuo y vital, feliz: Renaud resuena en Raphaële, una hermana con quien se entrega a la ebriedad de estar vivo sin metafísicas ni dolores. Juegan juntos en el campo durante páginas y días, sin enamorarse, sin trocar los fluídos de sus cuerpos, pero condenados por estar jugando a ser niños. Les llaman adentro, sus respectivas parejas deciden que todo acabe.
En ese otro amor sin babas leí la verdadera tragedia de esta historia. Ese vínculo que ninguno, ni Raphaële ni Renaud, intentan salvar del mundo. Geneviève se preña de Renaud y así obtiene el ser que anhela, un Renaud sobre el cual imponerse definitivamente, al cual redimir de sus pecados y sus obsesiones. Y Renaud marcha a internarse, ha terminado por creer que no es sino el personaje que una vez quiso suicidarse, que no es sino el pretexto para las babas redentoras de Geneviève. Y el libro acaba.
viernes, 9 de junio de 2006
viaje
(te miro
mientras andas mis playas fértiles de muertos
callo mi designio:
ser lengua muda de tu boca
lengua que no sabe si se ahoga en un mar de mar
o en un mar de sangre)
mientras andas mis playas fértiles de muertos
callo mi designio:
ser lengua muda de tu boca
lengua que no sabe si se ahoga en un mar de mar
o en un mar de sangre)
miércoles, 5 de abril de 2006
cómo nombrarte
cómo nombrarte
cómo elevar al viento la sangre
cómo llenarme de úteros vacíos
y osarios
y carne
cómo sembrarte en mi sombra
cómo huirme
para nombrarte
cómo elevar al viento la sangre
cómo llenarme de úteros vacíos
y osarios
y carne
cómo sembrarte en mi sombra
cómo huirme
para nombrarte
miércoles, 8 de marzo de 2006
llorando
¿qué soy?
¿esta lágrima que me acaricia?
¿el cansancio del que huyo?
¿la mujer que no fuí, el niño que creció, el viejo que voy a ser?
¿quién?
¿las palabras no dichas?
¿los laberintos cerrados?
un pájaro.
una sílaba.
este dolor en la garganta.
¿esta lágrima que me acaricia?
¿el cansancio del que huyo?
¿la mujer que no fuí, el niño que creció, el viejo que voy a ser?
¿quién?
¿las palabras no dichas?
¿los laberintos cerrados?
un pájaro.
una sílaba.
este dolor en la garganta.
martes, 31 de enero de 2006
nosotros, múltiples, el mismo
Ursula K. Le Guin ( 1929- ): Las cuatro y media (Half Past Four, 1987)
Con cinco nombres (Stephen, Ann, Ella, Todd, Marie) ocupados por distintos personajes, Úrsula K. Le Guin entrelaza ocho historias que relatan las ataduras suaves y violentas de las familias en que encarnamos, los lazos tiernos y dolorosos de los amores que tejemos, los espejos y los vacíos en que buscamos sexualmente quién somos y a quién deseamos, a los seres abrazados, temidos y marginados por ser mentalmente distintos. También son ocho relatos entretejidos por las edades que van desde el feto hasta el ocaso, por las frases y los sentimientos que todos repetimos.
Quizás Le Guin, entre otras cosas, haya querido jugar con la imagen que contruímos alrededor de un personaje evocado por un nombre, para luego convertirlo en otro con el mismo; quizás haya querido señalarnos el invisible contínuo que nos conecta a todos y nos hace el mismo. Un tibio juego de espejos donde nos convertimos de hijo en padre y abuelo, y permutamos entre madre y hermana, entre enamorado y verdugo.
Un suave viaje (en que se corre el riesgo de herirse, sin darse cuenta, la piel o las entrañas) hacia los otros y dentro de nosotros mismos.
Con cinco nombres (Stephen, Ann, Ella, Todd, Marie) ocupados por distintos personajes, Úrsula K. Le Guin entrelaza ocho historias que relatan las ataduras suaves y violentas de las familias en que encarnamos, los lazos tiernos y dolorosos de los amores que tejemos, los espejos y los vacíos en que buscamos sexualmente quién somos y a quién deseamos, a los seres abrazados, temidos y marginados por ser mentalmente distintos. También son ocho relatos entretejidos por las edades que van desde el feto hasta el ocaso, por las frases y los sentimientos que todos repetimos.
Quizás Le Guin, entre otras cosas, haya querido jugar con la imagen que contruímos alrededor de un personaje evocado por un nombre, para luego convertirlo en otro con el mismo; quizás haya querido señalarnos el invisible contínuo que nos conecta a todos y nos hace el mismo. Un tibio juego de espejos donde nos convertimos de hijo en padre y abuelo, y permutamos entre madre y hermana, entre enamorado y verdugo.
Un suave viaje (en que se corre el riesgo de herirse, sin darse cuenta, la piel o las entrañas) hacia los otros y dentro de nosotros mismos.
una fábula del encierro
Juan Pablo Rebella & Pablo Stoll: Whisky, 2004
Más que los diálogos y la acción, ocurren más los silencios que nos señalan el óxido de la rutina, de los años que no envejecen, sino que aniquilan. Hay dos prisioneros de sí mismos: Jacobo ya no sabrá ver la luz, Martha se encadilará un poco y bailará sin darse cuenta, y quizás, al final, no regrese a la prisión de los días que se repiten sordos.
Una película que deja cabos sueltos, para que terminemos de construir las situaciones, los personajes, para que habite ese otro tiempo cinematográfico que somos nosotros mismos, donde habitan las películas que valen verse y quererse tanto.
Más que los diálogos y la acción, ocurren más los silencios que nos señalan el óxido de la rutina, de los años que no envejecen, sino que aniquilan. Hay dos prisioneros de sí mismos: Jacobo ya no sabrá ver la luz, Martha se encadilará un poco y bailará sin darse cuenta, y quizás, al final, no regrese a la prisión de los días que se repiten sordos.
Una película que deja cabos sueltos, para que terminemos de construir las situaciones, los personajes, para que habite ese otro tiempo cinematográfico que somos nosotros mismos, donde habitan las películas que valen verse y quererse tanto.
domingo, 13 de noviembre de 2005
de los dolores en las entrañas
parir
una palabra
un gesto
que aullando
diga nada
y ver como el mundo
se derriba
cuando callas
una palabra
un gesto
que aullando
diga nada
y ver como el mundo
se derriba
cuando callas
lunes, 7 de noviembre de 2005
otra película budista
quizás esté mal llamarla así, pero así la recibí y quizás, en esa falta de inocencia que ella sí supo tener a mi lado, perdí mucho del relato...
mi forma ortodoxa de entender el budismo quizás no me deja comprender a veces su multiplicidad. ese mismo carácter que le ha permitido abrazarse con las supersticiones y la magia, con tantas otras formas de mirar el mundo. esta película es quizás sobre uno de esos abrazos.
esta película sobre la crueldad y la culpa, y eso que a veces llamamos amor sin serlo, y la lujuria y la ira y el perdón, el más difícil perdón: el perdonarse.
es una película, quizás, sobre la sabiduría.
un relato para recorrerse y recorrer otros mundos que por ser humanos se nos parecen y nos son tanto.
y es, también, para mí, una película sobre la bendición de estar a tu lado.
mi forma ortodoxa de entender el budismo quizás no me deja comprender a veces su multiplicidad. ese mismo carácter que le ha permitido abrazarse con las supersticiones y la magia, con tantas otras formas de mirar el mundo. esta película es quizás sobre uno de esos abrazos.
esta película sobre la crueldad y la culpa, y eso que a veces llamamos amor sin serlo, y la lujuria y la ira y el perdón, el más difícil perdón: el perdonarse.
es una película, quizás, sobre la sabiduría.
un relato para recorrerse y recorrer otros mundos que por ser humanos se nos parecen y nos son tanto.
y es, también, para mí, una película sobre la bendición de estar a tu lado.
sábado, 22 de octubre de 2005
para huir
a esta ciudad
a este tedio óxido y frío
a este hedor sonámbulo y bípedo
volviste
para huir
como si hubiera un sólo sitio de este barco que navega sobre muertos
donde no hubiéramos estado y sido
donde junto con nuestros excrementos
y palabras
no nos hubiéramos nacido
como si tú no fueras
y yo no fuera
ya esto: el concreto, el aire sucio y lo que gritan los mendigos.
miércoles, 5 de octubre de 2005
martes, 20 de septiembre de 2005
Identidad, Biología y lo Sagrado (1)
Primero, les voy a contar una historia:
El Padre Primero de los guaraníes se irguió en la oscuridad, iluminado por los reflejos de su propio corazón, y creó las llamas y la tenue neblina. Creó el amor y no había a quién dárselo. Creó el lenguaje y no había quién lo escuchara. Entonces, encomendó a las divinidades que construyeran el mundo y se hicieran cargo del fuego, la niebla, la lluvia y el viento. Y les entregó la música y las palabras del himno sagrado, para que dieran vida a las mujeres y a los hombres. Así, el amor se hizo comunión, el lenguaje cobró vida y el Padre Primero redimió su soledad. Él acompaña a las mujeres y a los hombres que caminan y cantan... (2)
Nuestras palabras nombran el mundo, un mapa de sonidos y símbolos que cifran las tempestades, las montañas, la ternura y la piedad, el horror y la infamia. Con las palabras los humanos cantamos los seres y las cosas y cómo estos entre sí se enredan, se matan, se aman.
Y es tal la magia de las palabras que más que nombrar, materializan, propician, invocan, crean. La palabra está viva. Los U'wa desde el principio de los tiempos recibieron de Sira el encargo de cuidar del corazón del mundo. Desde entonces, en esa tierra sagrada los U'wa cantan y su voz sostiene al mundo.
Según algunos científicos, el lenguaje es un instinto humano. La palabra tiene tanto de heredado en nuestros genes como de construido en interacción con nuestros semejantes. Desde hace algunas decenas de miles de años cada humano nace con reglas inconscientes de sintaxis, morfología y fonética que se adecuan al idioma particular de crianza, de forma tal que sus fundamentos gramaticales se dominan ya a los tres años de edad. Y aún en el silencio los sordos pueden elaborar una gramática de gestos tan compleja como cualquiera, independiente de las particularidades de aquella del idioma hablado en que están inmersos (3). La palabra sale porque sale. Pero sólo sale si estamos con otros.
Porque la palabra sólo tiene sentido si están los otros para escucharla, comprenderla, sentirla. Sólo porque somos animales sociales fue evolucionando el lenguaje en nosotros. La preeminencia y complejidad en nuestra especie nos señala un destino común y una responsabilidad profunda. La palabra existe porque necesitamos de nuestros semejantes y del universo.
Pero la voz humana no es la única que se escucha en el mundo. Algo bello de las cosmologías indígenas es que lo que existe ha venido a existir mediante la participación de otros seres, mortales e inmortales, y no sólo como designio exclusivo, absoluto, de un dios. En estas cosmologías los seres y las fuerzas de la naturaleza participan con su acción y su lenguaje de la formación del mundo.
El lenguaje, en esta representación del mundo, es atributo de la vida misma, es manifestación de la vida múltiple y diversa, y está disperso entre los seres y las cosas del mundo, que andan contándose sus historias. Y esas otras voces aún las escuchan los indios.
Los biólogos también saben, cuando saben acomodarse la cabeza, que la vida anda hablando. Cuenta historias de ancestros, cuentas dichas y desdichas cotidianas, busca complicidades, declara desavenencias, engaña, seduce, señala la muerte. Pero no ando hablando de interpretaciones, hablo de lo que los demás seres y sus partes se hablan entre sí, la ballena a la ballena, la bacteria a la bacteria, el árbol al gusano, el antígeno al anticuerpo, la neurona al músculo, la luciérnaga al luciérnago, todos lenguajes alucinantes y complejos. Pero los biólogos sólo buscan información que puedan cuantificar, no suelen escuchar lo que escuchan los indios.
Hablando, la vida va construyendo identidades. Muchos estamos pensando que en los diferentes niveles de organización biológica lo que existen son distintas identidades biológicas que vienen a ser no reales en sí mismas, sino propiedades emergentes que resultan de los procesos entre sus partes (4). Expliquemos estos despacio, con el ejemplo de nuestra identidad autoconsciente, eso que queremos decir cuando decimos YO.
Resulta que un bebé al nacer no tiene yo, es decir que no tiene consciencia de sí mismo. No sabe atribuir a entes distintos la teta y la boca que mama, todo su entorno es un continuo, heterogéneo, pero continuo. Lo hermoso es que el proceso de formación del yo, de la consciencia de sí mismo, depende del amor, del afecto entre la madre y el bebé, de una relación, de una interacción. Los comienzos de nuestro yo y de nuestra capacidad de comunicarnos con los demás, están en el innato arte de mamar.
Los bebés humanos maman en ciclos de cuatro a diez succiones con pausas, a diferencia de los demás mamíferos, que no presentan ciclos de succión. En las pausas las madres reaccionan instintivamente meciéndolos y cuando dejan de hacerlo el bebé vuelve a mamar. Pero los bebés responden mejor a los mecimientos cortos, así que las madres al poco tiempo ya han reducido inconscientemente la mecedera a unos dos segundos. Esa fue la primera conversación de todos nosotros. A partir de ese rasgo característico de nuestra especie se establecen los turnos de interacción entre madre y bebé. Esta interacción va desarrollándose a medida que el bebé va aumentando su repertorio, y siempre que la mamá le habla al bebé lo hace como si éste conceptualizara más de lo que realmente puede. Le atribuye a sus gestos y balbuceos intenciones que realmente el bebé puede no tener. Pero eso está bien, muy bien, es el mecanismo que resultó de cientos de miles de años de evolución para enseñarnos a interactuar como individuos autoconscientes (5). Al actuar la madre como si el bebé dijera más de lo que dice, el bebé aprende a decir, a nombrar, a nombrarse, primero con la sonrisa y la mirada, luego con la mano, después con el balbuceo y finalmente con la palabra. Y nombrar es discriminar. A través de la relación con su madre, quien le va presentando el mundo, el bebé va discriminándolo, conceptualizándolo, nombrándolo. Comienza a hablar de algunas cosas con relación a sí mismo: quiero, dame, MÍO. Luego se contempla, se toca, se siente, y su sistema nervioso central procesa la información y la asimila como proveniente de parte de una unidad funcional hacia la cual convergen las sensaciones. Y ahí es donde uno dice YO.
Y aquí viene lo que a mí me parece más hermoso, y es que esa identidad cognitiva, ese yo, es un fenómeno operativo, es una propiedad que resulta de la interacción de todos los elementos del sistema, es un evento, un proceso, no es algo que exista puntualmente. O sea que uno no puede apuntar a un punto en el cerebro y decir ahí está la esencia que controla todo (6). Cuando decimos yo hablamos de algo que va a dejar de existir cuando el proceso biológico que origina esa identidad termine. Nuestro yo acaba cuando morimos.
Todo esto es psicología cognitiva, que para mí es una rama de la biología, porque tiene por objeto sistemas biológicos. Y, como les decía antes, de hecho algunos creemos que todas las identidades biológicas son como la identidad cognitiva, en el sentido en que se construyen a partir de relaciones. La unidad coherente que es cada sistema biológico resulta de los procesos de interacción y no de la simple acumulación de partes. Ninguna parte es más fundamental que otra. Como nuestro yo, esas identidades son virtuales (6).
A esas propiedades que están distribuidas en todo el sistema y que no se localizan puntualmente en ninguna parte de éste, se les llama emergentes. La molécula, la célula, el sistema, el tejido, las poblaciones, el microorganismo, la especie, el órgano, el ecosistema, son todas identidades distribuidas en la red subyacente de interacciones. Una parte de una identidad puede participar de otra. Y una identidad biológica puede pertenecer a una que abarca otras, creando una identidad más compleja, como cada uno de nosotros, que está hecho de multitudes de células, procesos, sistemas (6). Todo depende de la escala y de la perspectiva.
Y aquí ocurre otra cosa que a mí me parece hermosa, y es que en últimas, todo está conectado con todo, las identidades son evanescentes y fugaces y lo que persiste es el continuo. Toda cosa que vive en este planeta existe en relación a otra y que las discriminemos en función de determinados atributos y operaciones no quiere decir que esa discontinuidad exista. Es una convención. Lo que existe es el continuo, un continuo hecho de una danza de elementos que sólo importan cuando entran en contacto con otros. Un inspirado biólogo gringo dijo que la biología es una danza (7). La evolución es la historia de ese baile.
Creo que si tratara de explicarle todo esto a alguien de una cultura tradicional a muchas cosas me diría "Pues claro". Sólo que ellos lo cuentan distinto, con cantos y leyendas. Y aquí llego a lo sagrado. Lo sagrado surge, en cuanto a lo que tiene que ver con los humanos, de nuestra curiosidad. Algunos creemos que los humanos somos curiosos porque ese era un rasgo que aumentaba las posibilidades de aprender en nuestros antepasados primates. A los que más cosas sabían, si era relevante la información y si sabían usarla, les iba mejor (8). Esa capacidad de aprender fue aumentando en nuestro linaje homínido a medida que la corteza cerebral, allí donde razonamos y creamos, fue creciendo. A lo largo de la historia evolutiva que ha devenido en nosotros, la interacción del sistema límbico mamífero y de la corteza cerebral humana ha creado una sensación muy intensa y definitiva: el asombro. Vincent Van Gogh decía que cuando tenía necesidad de religión salía a la noche y pintaba las estrellas (9). El arte y la astronomía provienen del asombro.
Creo que la medida de nuestra dignidad depende de cuánto nos abismemos a aquello que nos asombra. Un griego, Teofrasto, decía que la superstición es cobardía ante lo divino (10). Pero hay muchos que andan diciendo por ahí que lo que no es ciencia es superstición. Mentira. Para ser religioso no hay que arrodillarse y orar. Sólo hay que respetar aquello que nos asombra, y hay que ser consecuentes con lo que respetamos, en nuestro ser y en nuestro hacer.
A veces imagino que un indígena miraba el colibrí y decía "tan asombroso que haya una cosa tan chiquita de pajarito, tan llena de sol, tan hermana de mí" y entonces descubría, construía una historia acerca del colibrí. Y lo respetaba, y lo amaba. Por eso mismo hay grupos indígenas que piden permiso cuando entran a un río, cuando andan el monte. Porque veneran, porque respetan, porque saben que su propia vida viene de ese río y ese monte que, siempre misteriosos y bellos, a su vez hacen parte de una vida más grande. Por eso los cantos de los U'wa no son superstición. No. Son su contacto pleno y absoluto con lo divino. La superstición es lo otro: miedo, arrogancia, agarrarnos a un yo que ni siquiera es real.
La dignidad de los U'wa es vivir lo sagrado y, si es necesario, morir por lo sagrado. Por eso yo les pregunto a los científicos que estudian el monte, a los biólogos que dicen entender mejor la selva y la vida, dónde esta su dignidad.
A mí me avergüenza la arrogancia de los que andan menospreciando otras formas de abismarse y la de ciertos científicos en particular, porque hacen quedar mal a otros más callados pero más dignos que hacen la ciencia como otros labran la tierra, moldean el barro, arreglan motocicletas (11), pintan girasoles o crean leyendas. Esos callados científicos que salen a buscar su religión en las estrellas, en el mar, en las moléculas, en la selva. Pero yo les diría también a ellos que su religión sólo tiene sentido si la comparten con los demás, no sólo con sus colegas en congresos y revistas, sino con el vigilante, con el vecino, con la tía, con cualquiera. Y no hablo sólo de la información, hablo de lo que sienten, de su asombro. El maestro de biología que más he querido me enseñó algo muy importante, me dijo que lo que a uno lo hace científico no es el conocimiento sino la actitud (12). La veneración, el respeto, lo sagrado.
Me monto a un bus y sé que la gente anda por ahí sin casi nada sagrado. Supersticiones muchas. Sagrado poco, y es que qué va a ser sagrado sentarse frente a un televisor, un reinado de belleza, un trabajo sólo por sobrevivir, una pinta, un trámite o una cuenta en un banco. Y entre esas cosas andan por las que a muchos les dan úlceras y por las que otros se matan. Detrás de la ventanilla del bus transcurre un atardecer y adentro un niño pregunta algo que no mamá no sabe responder, pero ellos no ven nada. No vemos nada.
Yo los invito a que abramos los ojos y la piel y busquemos lo sagrado en nuestras vidas. Anda por todas partes, acechando. Déjense agarrar. Recuerden la lección de las identidades emergentes que andan bailando la vida: somos parte de un continuo que agrupa a todo lo vivo, sólo tenemos sentido en nuestra relación con los demás, y eso del yo es una cosa fugaz, somos en realidad parte de un proceso planetario, global. Cuando comprendamos eso, como los U'wa lo han comprendido desde que Sira les dio el corazón del mundo para venerarlo y para amarlo con sus cantos, cuando encontremos lo sagrado, compartámoslo. En eso estará nuestra dignidad, nuestro coraje. Y coraje es una palabra bonita porque viene de la misma raíz latina de corazón. Sólo quien ama tiene valor (13). Esa es la enseñanza de los U'wa, su entrega de lo sagrado a sus hermanos menores. Ahora es nuestro turno de amar.
(1) Versión escrita de la ponencia presentada en el Foro Diversidad, Identidad y Progreso, Noviembre 26 y 27 de 1997, Universidad del Valle, Cali. Organizado por el Grupo de Trabajo Kwika.
(2) Eduardo Galeano: Memoria del Fuego: Los Nacimientos. Siglo XXI Editores, Bogotá. 1982.
(3) Steven Pinker: The Language Instinct. William Morrow and Co., New York. 1994.
(4) Francisco Varela: El yo emergente. Pp 196-208 en La Tercera Cultura. John Brockman (ed.). Tusquets Editores, Barcelona. 1996.
(5) Kenneth Kaye: La Vida Mental y Social del Bebé. Paidós, Barcelona. 1986.
(6) Varela, op. cit.
(7) Brian Goodwin: La biología es una danza. Pp 89-102 en La Tercera Cultura.
(8) Carl Sagan: Cosmos. Capítulo 11. Editorial Planeta, Barcelona.
(9) Vincent Van Gogh: Cartas a Theo. Barral/Labor, Barcelona. 1984.
(10) Citado por Sagan, op. cit.
(11) Pensando, claro, en Robert Pirsig: Zen and the Art of Motorcycle Maintenance. William Morrow, New York. 1974.
(12) Recordando, claro, al profesor Enrique Bravo.
(13) Pirsig, op. cit.
El Padre Primero de los guaraníes se irguió en la oscuridad, iluminado por los reflejos de su propio corazón, y creó las llamas y la tenue neblina. Creó el amor y no había a quién dárselo. Creó el lenguaje y no había quién lo escuchara. Entonces, encomendó a las divinidades que construyeran el mundo y se hicieran cargo del fuego, la niebla, la lluvia y el viento. Y les entregó la música y las palabras del himno sagrado, para que dieran vida a las mujeres y a los hombres. Así, el amor se hizo comunión, el lenguaje cobró vida y el Padre Primero redimió su soledad. Él acompaña a las mujeres y a los hombres que caminan y cantan... (2)
Nuestras palabras nombran el mundo, un mapa de sonidos y símbolos que cifran las tempestades, las montañas, la ternura y la piedad, el horror y la infamia. Con las palabras los humanos cantamos los seres y las cosas y cómo estos entre sí se enredan, se matan, se aman.
Y es tal la magia de las palabras que más que nombrar, materializan, propician, invocan, crean. La palabra está viva. Los U'wa desde el principio de los tiempos recibieron de Sira el encargo de cuidar del corazón del mundo. Desde entonces, en esa tierra sagrada los U'wa cantan y su voz sostiene al mundo.
Según algunos científicos, el lenguaje es un instinto humano. La palabra tiene tanto de heredado en nuestros genes como de construido en interacción con nuestros semejantes. Desde hace algunas decenas de miles de años cada humano nace con reglas inconscientes de sintaxis, morfología y fonética que se adecuan al idioma particular de crianza, de forma tal que sus fundamentos gramaticales se dominan ya a los tres años de edad. Y aún en el silencio los sordos pueden elaborar una gramática de gestos tan compleja como cualquiera, independiente de las particularidades de aquella del idioma hablado en que están inmersos (3). La palabra sale porque sale. Pero sólo sale si estamos con otros.
Porque la palabra sólo tiene sentido si están los otros para escucharla, comprenderla, sentirla. Sólo porque somos animales sociales fue evolucionando el lenguaje en nosotros. La preeminencia y complejidad en nuestra especie nos señala un destino común y una responsabilidad profunda. La palabra existe porque necesitamos de nuestros semejantes y del universo.
Pero la voz humana no es la única que se escucha en el mundo. Algo bello de las cosmologías indígenas es que lo que existe ha venido a existir mediante la participación de otros seres, mortales e inmortales, y no sólo como designio exclusivo, absoluto, de un dios. En estas cosmologías los seres y las fuerzas de la naturaleza participan con su acción y su lenguaje de la formación del mundo.
El lenguaje, en esta representación del mundo, es atributo de la vida misma, es manifestación de la vida múltiple y diversa, y está disperso entre los seres y las cosas del mundo, que andan contándose sus historias. Y esas otras voces aún las escuchan los indios.
Los biólogos también saben, cuando saben acomodarse la cabeza, que la vida anda hablando. Cuenta historias de ancestros, cuentas dichas y desdichas cotidianas, busca complicidades, declara desavenencias, engaña, seduce, señala la muerte. Pero no ando hablando de interpretaciones, hablo de lo que los demás seres y sus partes se hablan entre sí, la ballena a la ballena, la bacteria a la bacteria, el árbol al gusano, el antígeno al anticuerpo, la neurona al músculo, la luciérnaga al luciérnago, todos lenguajes alucinantes y complejos. Pero los biólogos sólo buscan información que puedan cuantificar, no suelen escuchar lo que escuchan los indios.
Hablando, la vida va construyendo identidades. Muchos estamos pensando que en los diferentes niveles de organización biológica lo que existen son distintas identidades biológicas que vienen a ser no reales en sí mismas, sino propiedades emergentes que resultan de los procesos entre sus partes (4). Expliquemos estos despacio, con el ejemplo de nuestra identidad autoconsciente, eso que queremos decir cuando decimos YO.
Resulta que un bebé al nacer no tiene yo, es decir que no tiene consciencia de sí mismo. No sabe atribuir a entes distintos la teta y la boca que mama, todo su entorno es un continuo, heterogéneo, pero continuo. Lo hermoso es que el proceso de formación del yo, de la consciencia de sí mismo, depende del amor, del afecto entre la madre y el bebé, de una relación, de una interacción. Los comienzos de nuestro yo y de nuestra capacidad de comunicarnos con los demás, están en el innato arte de mamar.
Los bebés humanos maman en ciclos de cuatro a diez succiones con pausas, a diferencia de los demás mamíferos, que no presentan ciclos de succión. En las pausas las madres reaccionan instintivamente meciéndolos y cuando dejan de hacerlo el bebé vuelve a mamar. Pero los bebés responden mejor a los mecimientos cortos, así que las madres al poco tiempo ya han reducido inconscientemente la mecedera a unos dos segundos. Esa fue la primera conversación de todos nosotros. A partir de ese rasgo característico de nuestra especie se establecen los turnos de interacción entre madre y bebé. Esta interacción va desarrollándose a medida que el bebé va aumentando su repertorio, y siempre que la mamá le habla al bebé lo hace como si éste conceptualizara más de lo que realmente puede. Le atribuye a sus gestos y balbuceos intenciones que realmente el bebé puede no tener. Pero eso está bien, muy bien, es el mecanismo que resultó de cientos de miles de años de evolución para enseñarnos a interactuar como individuos autoconscientes (5). Al actuar la madre como si el bebé dijera más de lo que dice, el bebé aprende a decir, a nombrar, a nombrarse, primero con la sonrisa y la mirada, luego con la mano, después con el balbuceo y finalmente con la palabra. Y nombrar es discriminar. A través de la relación con su madre, quien le va presentando el mundo, el bebé va discriminándolo, conceptualizándolo, nombrándolo. Comienza a hablar de algunas cosas con relación a sí mismo: quiero, dame, MÍO. Luego se contempla, se toca, se siente, y su sistema nervioso central procesa la información y la asimila como proveniente de parte de una unidad funcional hacia la cual convergen las sensaciones. Y ahí es donde uno dice YO.
Y aquí viene lo que a mí me parece más hermoso, y es que esa identidad cognitiva, ese yo, es un fenómeno operativo, es una propiedad que resulta de la interacción de todos los elementos del sistema, es un evento, un proceso, no es algo que exista puntualmente. O sea que uno no puede apuntar a un punto en el cerebro y decir ahí está la esencia que controla todo (6). Cuando decimos yo hablamos de algo que va a dejar de existir cuando el proceso biológico que origina esa identidad termine. Nuestro yo acaba cuando morimos.
Todo esto es psicología cognitiva, que para mí es una rama de la biología, porque tiene por objeto sistemas biológicos. Y, como les decía antes, de hecho algunos creemos que todas las identidades biológicas son como la identidad cognitiva, en el sentido en que se construyen a partir de relaciones. La unidad coherente que es cada sistema biológico resulta de los procesos de interacción y no de la simple acumulación de partes. Ninguna parte es más fundamental que otra. Como nuestro yo, esas identidades son virtuales (6).
A esas propiedades que están distribuidas en todo el sistema y que no se localizan puntualmente en ninguna parte de éste, se les llama emergentes. La molécula, la célula, el sistema, el tejido, las poblaciones, el microorganismo, la especie, el órgano, el ecosistema, son todas identidades distribuidas en la red subyacente de interacciones. Una parte de una identidad puede participar de otra. Y una identidad biológica puede pertenecer a una que abarca otras, creando una identidad más compleja, como cada uno de nosotros, que está hecho de multitudes de células, procesos, sistemas (6). Todo depende de la escala y de la perspectiva.
Y aquí ocurre otra cosa que a mí me parece hermosa, y es que en últimas, todo está conectado con todo, las identidades son evanescentes y fugaces y lo que persiste es el continuo. Toda cosa que vive en este planeta existe en relación a otra y que las discriminemos en función de determinados atributos y operaciones no quiere decir que esa discontinuidad exista. Es una convención. Lo que existe es el continuo, un continuo hecho de una danza de elementos que sólo importan cuando entran en contacto con otros. Un inspirado biólogo gringo dijo que la biología es una danza (7). La evolución es la historia de ese baile.
Creo que si tratara de explicarle todo esto a alguien de una cultura tradicional a muchas cosas me diría "Pues claro". Sólo que ellos lo cuentan distinto, con cantos y leyendas. Y aquí llego a lo sagrado. Lo sagrado surge, en cuanto a lo que tiene que ver con los humanos, de nuestra curiosidad. Algunos creemos que los humanos somos curiosos porque ese era un rasgo que aumentaba las posibilidades de aprender en nuestros antepasados primates. A los que más cosas sabían, si era relevante la información y si sabían usarla, les iba mejor (8). Esa capacidad de aprender fue aumentando en nuestro linaje homínido a medida que la corteza cerebral, allí donde razonamos y creamos, fue creciendo. A lo largo de la historia evolutiva que ha devenido en nosotros, la interacción del sistema límbico mamífero y de la corteza cerebral humana ha creado una sensación muy intensa y definitiva: el asombro. Vincent Van Gogh decía que cuando tenía necesidad de religión salía a la noche y pintaba las estrellas (9). El arte y la astronomía provienen del asombro.
Creo que la medida de nuestra dignidad depende de cuánto nos abismemos a aquello que nos asombra. Un griego, Teofrasto, decía que la superstición es cobardía ante lo divino (10). Pero hay muchos que andan diciendo por ahí que lo que no es ciencia es superstición. Mentira. Para ser religioso no hay que arrodillarse y orar. Sólo hay que respetar aquello que nos asombra, y hay que ser consecuentes con lo que respetamos, en nuestro ser y en nuestro hacer.
A veces imagino que un indígena miraba el colibrí y decía "tan asombroso que haya una cosa tan chiquita de pajarito, tan llena de sol, tan hermana de mí" y entonces descubría, construía una historia acerca del colibrí. Y lo respetaba, y lo amaba. Por eso mismo hay grupos indígenas que piden permiso cuando entran a un río, cuando andan el monte. Porque veneran, porque respetan, porque saben que su propia vida viene de ese río y ese monte que, siempre misteriosos y bellos, a su vez hacen parte de una vida más grande. Por eso los cantos de los U'wa no son superstición. No. Son su contacto pleno y absoluto con lo divino. La superstición es lo otro: miedo, arrogancia, agarrarnos a un yo que ni siquiera es real.
La dignidad de los U'wa es vivir lo sagrado y, si es necesario, morir por lo sagrado. Por eso yo les pregunto a los científicos que estudian el monte, a los biólogos que dicen entender mejor la selva y la vida, dónde esta su dignidad.
A mí me avergüenza la arrogancia de los que andan menospreciando otras formas de abismarse y la de ciertos científicos en particular, porque hacen quedar mal a otros más callados pero más dignos que hacen la ciencia como otros labran la tierra, moldean el barro, arreglan motocicletas (11), pintan girasoles o crean leyendas. Esos callados científicos que salen a buscar su religión en las estrellas, en el mar, en las moléculas, en la selva. Pero yo les diría también a ellos que su religión sólo tiene sentido si la comparten con los demás, no sólo con sus colegas en congresos y revistas, sino con el vigilante, con el vecino, con la tía, con cualquiera. Y no hablo sólo de la información, hablo de lo que sienten, de su asombro. El maestro de biología que más he querido me enseñó algo muy importante, me dijo que lo que a uno lo hace científico no es el conocimiento sino la actitud (12). La veneración, el respeto, lo sagrado.
Me monto a un bus y sé que la gente anda por ahí sin casi nada sagrado. Supersticiones muchas. Sagrado poco, y es que qué va a ser sagrado sentarse frente a un televisor, un reinado de belleza, un trabajo sólo por sobrevivir, una pinta, un trámite o una cuenta en un banco. Y entre esas cosas andan por las que a muchos les dan úlceras y por las que otros se matan. Detrás de la ventanilla del bus transcurre un atardecer y adentro un niño pregunta algo que no mamá no sabe responder, pero ellos no ven nada. No vemos nada.
Yo los invito a que abramos los ojos y la piel y busquemos lo sagrado en nuestras vidas. Anda por todas partes, acechando. Déjense agarrar. Recuerden la lección de las identidades emergentes que andan bailando la vida: somos parte de un continuo que agrupa a todo lo vivo, sólo tenemos sentido en nuestra relación con los demás, y eso del yo es una cosa fugaz, somos en realidad parte de un proceso planetario, global. Cuando comprendamos eso, como los U'wa lo han comprendido desde que Sira les dio el corazón del mundo para venerarlo y para amarlo con sus cantos, cuando encontremos lo sagrado, compartámoslo. En eso estará nuestra dignidad, nuestro coraje. Y coraje es una palabra bonita porque viene de la misma raíz latina de corazón. Sólo quien ama tiene valor (13). Esa es la enseñanza de los U'wa, su entrega de lo sagrado a sus hermanos menores. Ahora es nuestro turno de amar.
(1) Versión escrita de la ponencia presentada en el Foro Diversidad, Identidad y Progreso, Noviembre 26 y 27 de 1997, Universidad del Valle, Cali. Organizado por el Grupo de Trabajo Kwika.
(2) Eduardo Galeano: Memoria del Fuego: Los Nacimientos. Siglo XXI Editores, Bogotá. 1982.
(3) Steven Pinker: The Language Instinct. William Morrow and Co., New York. 1994.
(4) Francisco Varela: El yo emergente. Pp 196-208 en La Tercera Cultura. John Brockman (ed.). Tusquets Editores, Barcelona. 1996.
(5) Kenneth Kaye: La Vida Mental y Social del Bebé. Paidós, Barcelona. 1986.
(6) Varela, op. cit.
(7) Brian Goodwin: La biología es una danza. Pp 89-102 en La Tercera Cultura.
(8) Carl Sagan: Cosmos. Capítulo 11. Editorial Planeta, Barcelona.
(9) Vincent Van Gogh: Cartas a Theo. Barral/Labor, Barcelona. 1984.
(10) Citado por Sagan, op. cit.
(11) Pensando, claro, en Robert Pirsig: Zen and the Art of Motorcycle Maintenance. William Morrow, New York. 1974.
(12) Recordando, claro, al profesor Enrique Bravo.
(13) Pirsig, op. cit.
jueves, 11 de agosto de 2005
amidst
¿no me reconoces?
dejé cicatrices en tus manos cuando me tocaste
me cantaste:
sonreías y terminaste gritando
lágrimas
y hundiéndote en el mar
miraste el cielo
y me dijiste:
es el olvido
pero a la mañana siguiente dormías
abrazada a mis tobillos.
soy sombra, dijiste, soy niño
y reíste por última vez
y te ocultaste
detras del espejo
de la noche
de las madrugadas que duelen
y me susurré cuchillos:
es el olvido.
dejé cicatrices en tus manos cuando me tocaste
me cantaste:
sonreías y terminaste gritando
lágrimas
y hundiéndote en el mar
miraste el cielo
y me dijiste:
es el olvido
pero a la mañana siguiente dormías
abrazada a mis tobillos.
soy sombra, dijiste, soy niño
y reíste por última vez
y te ocultaste
detras del espejo
de la noche
de las madrugadas que duelen
y me susurré cuchillos:
es el olvido.
lunes, 4 de julio de 2005
martes, 7 de junio de 2005
el mar atónito, indiferente...
Bergman (1918- ): Persona (1966)
Nada, aún nuestras historias íntimas más sublimes y desgarradoras, puede prepararnos para esta experiencia cinematográfica categórica. Bergman alcanza simas líricas, realiza una disección tan definitiva y profunda de la naturaleza frágil y compleja del ser humano, que es difícil comparar esta película con ninguna otra. Es imperativo volver a ella, insistir en las revelaciones conscientes o en las que no nos atrevemos a decirnos porque nos aniquilarían, en los animales devastados por la soledad, por el tedio y el cansancio que nos habitan y que la película llama con afectuosa furia. Es necesario volver a la postración agradecida en que quedamos al verla: el cuerpo inclinado sobre un charco de sangre y malas entrañas.
Para querer ser de agua, sal, de piedra.
Nada, aún nuestras historias íntimas más sublimes y desgarradoras, puede prepararnos para esta experiencia cinematográfica categórica. Bergman alcanza simas líricas, realiza una disección tan definitiva y profunda de la naturaleza frágil y compleja del ser humano, que es difícil comparar esta película con ninguna otra. Es imperativo volver a ella, insistir en las revelaciones conscientes o en las que no nos atrevemos a decirnos porque nos aniquilarían, en los animales devastados por la soledad, por el tedio y el cansancio que nos habitan y que la película llama con afectuosa furia. Es necesario volver a la postración agradecida en que quedamos al verla: el cuerpo inclinado sobre un charco de sangre y malas entrañas.
Para querer ser de agua, sal, de piedra.
miércoles, 25 de mayo de 2005
respiro
entonces
sujeto el aire
metálico, cansado, polvoriento
lo aferro con rabia
con provocación
luego
con tristeza
envenenado
lo compadezco
sé que cada vez
que respiro
respiro
los gases de las máquinas
de los cuerpos
de los cadáveres
y ferozmente feliz
deshecho
me elevo
sobre el mundo.
sujeto el aire
metálico, cansado, polvoriento
lo aferro con rabia
con provocación
luego
con tristeza
envenenado
lo compadezco
sé que cada vez
que respiro
respiro
los gases de las máquinas
de los cuerpos
de los cadáveres
y ferozmente feliz
deshecho
me elevo
sobre el mundo.
domingo, 22 de mayo de 2005
más tangible
más tangible
que un cuchillo
que la tempestad que llena de sal mis venas
me desbordo
fuera del límite de mi angustia
en algún lugar un pájaro es asesinado a gritos
en algún lugar un niño bebe sangre de la tierra
me desbordo
lleno tu boca olvidada
de palabras amargas que no he dicho
en algún lugar un ciego teje con bilis mi piel
soy un río perdido
que un cuchillo
que la tempestad que llena de sal mis venas
me desbordo
fuera del límite de mi angustia
en algún lugar un pájaro es asesinado a gritos
en algún lugar un niño bebe sangre de la tierra
me desbordo
lleno tu boca olvidada
de palabras amargas que no he dicho
en algún lugar un ciego teje con bilis mi piel
soy un río perdido
miércoles, 18 de mayo de 2005
sordo en mis manos
cómo se vuelve el tiempo sordo en mis manos.
cómo se demora.
ahora llueve y lo gris amortaja un cadáver de urbe que
muerto
sigue matando
y adentro, afuera de la lluvia,
por qué me sustraigo?
por qué incesantemente ocupo otro lugar del espacio?
no puedo irme sin dejarme?
y si estoy afuera?
y si nunca he estado
en esta compleja cosa que me encierra y me amortaja
gris
me llueve
y la ciudad me mira
y los tejados
lúgubres
cantan.
cómo se demora.
ahora llueve y lo gris amortaja un cadáver de urbe que
muerto
sigue matando
y adentro, afuera de la lluvia,
por qué me sustraigo?
por qué incesantemente ocupo otro lugar del espacio?
no puedo irme sin dejarme?
y si estoy afuera?
y si nunca he estado
en esta compleja cosa que me encierra y me amortaja
gris
me llueve
y la ciudad me mira
y los tejados
lúgubres
cantan.
lunes, 2 de mayo de 2005
seguir hasta
seguir un rastro de coágulos negros hasta tí.
seguir un rastro de pájaros negros.
un rastro de olor amargo y rancio:
mi miedo, tu cansancio.
seguir tu rastro hasta dentro de mí,
hasta mis vísceras tristes,
hasta esa rabia que llora
cuando la llamas.
seguir un rastro de pájaros negros.
un rastro de olor amargo y rancio:
mi miedo, tu cansancio.
seguir tu rastro hasta dentro de mí,
hasta mis vísceras tristes,
hasta esa rabia que llora
cuando la llamas.
Suscribirse a:
Entradas (Atom)